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Paciente ilusión

Paciente ilusión

Huberto Meléndez Martínez

   |  4 febrero, 2020

Humberto Mélendez Martínez.

Una escena desalentadora sucedió en el pórtico de la escuela al encontrarse al Maestro Felipe Madera, quien preguntó su promedio de calificaciones, procedencia y situación familiar. Impertérrito y solemne informó que el cupo estaba completo.

Solidario les dio palabras de aliento: “Dante y Francisco de Bustamante, Tamaulipas. Es probable que en el transcurso del ciclo, por razones diversas haya algunas bajas, entonces podrían ser aceptados, les informaremos a través de sus compañeros. Caso contrario, vengan el año próximo, entonces habrá un lugar reservado para ustedes”.

Desconsolados, como cazador que encuentra la trampa sin presa después de una gran ilusión, quisieron aferrarse a esa promesa, aunque la razón les indicaba interpretar las palabras del mentor como un gesto de cortesía, quizá evadiendo una herida en sus sentimientos.

Melancólicos volvieron a la frontera donde estaban trabajando, Dante como machetero, descargando cemento de tráileres, peón desazolvando canales de agua de riego, agricultor cortando maíz de parcelas y a veces pizcando algodón. Emigró porque en su pueblo había pocas opciones de subsistencia. Solamente podía dedicarse a cultivar tierras de temporal o fabricación de cal, aprovechando que en los terrenos del abuelo había área agrícola, leña de encino, cedro, pino y abundantes yacimientos de roca azul (caliza).

Era el cuarto de una familia de doce hijos y el mayor de los varones. A sus quince años sabía conscientemente los esfuerzos que hacían sus padres, Doña Gabina y Don José Luis, para conseguirles el sustento.

Hubo un hecho histórico en su comunidad del cual formó parte, se fundó la escuela secundaria particular por cooperación, donde el ejercicio intelectual, conocimiento de la ciencia, tecnología y evolución de ideas motivadas por sus maestros (quienes colaboraban generosamente de manera voluntaria), además de adquisición de una madurez deseable en la adolescencia, fueron germen de nuevas aspiraciones en los jóvenes de su tiempo, haciendo honor a la vigencia de la misión de las escuelas.

Añoraba incursionar en escenarios mejores, pero faltaba nitidez en las imágenes de sus sueños. Cuando llegó a sus manos la convocatoria de una escuela que estaba por iniciar el funcionamiento al norte del Estado de San Luis Potosí, su pulso se aceleró al máximo y así fue como tomaron un autobús, donde viajaron de noche para amanecer en Cedral.

El llamado por haberse originado algún espacio se postergó indefinidamente. Fue un año largo, pero esperanzador. Al inicio del siguiente ciclo escolar, resueltos e ilusionados se hicieron presentes nuevamente ante el Maestro Felipe, el cual, con rostro sereno, sosteniendo una mirada profunda que sólo nobles de corazón saben tener, exclamó: “Dante y Francisco, son bienvenidos a esta escuela, hay un lugar reservado para cada uno de ustedes. Esa fue la promesa”.

Se entregaron en cuerpo y alma a los estudios porque su ser quedó lleno de gratitud.

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