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La autoridad de Jesús

La autoridad de Jesús

Sigifredo Noriega

   |  3 febrero, 2021

Sigifredo Noriega Barceló.

Hace unos meses recibí como regalo un libro que trata de los beneficios, vacíos y retos de la revolución digital. El autor le llama la cuarta revolución industrial en la historia de la humanidad. Su repercusión en la construcción de la nueva cultura digital está fuera de duda.
No siempre nos damos cuenta de los efectos, positivos y negativos, del consumo de las nuevas tecnologías. Aparecen en nuestro lenguaje palabras/realidades nuevas que vamos aceptando en la comunicación de cada día sin averiguar su genética y sus fines.
El nuevo lenguaje no es inocente en el cambio cultural de personas y pueblos.  Siempre expresa la visión de la vida de quien lo crea, proyecta y, obviamente, de quien lo usufructúa. No hay duda de que influye en el hábitat total del ser humano.
Las nuevas y antiguas tecnologías no son buenas ni malas en sí mismas; simplemente son medios, herramientas. Lo que hace la diferencia es quién las usa, con qué fin y qué aportan para el desarrollo digno del ser humano. El autor del libro habla de su aportación para el bienestar del ser humano y también de los vacíos humanos que las nuevas tecnologías no pueden llenar.
Por ejemplo, el sentido total de la vida, la generación de valores éticos y espirituales, la autoridad de organismos reguladores… ¿Dónde quedan los ámbitos que daban significado al esfuerzo, al sufrimiento, a las fatigas de cada día? ¿Los robots van a tener la última palabra en la vida de personas y países?  Los desafíos son muchos y complejos.
No me extraña que uno de los grandes problemas de nuestro tiempo tiene que ver con la autoridad de personas e instituciones. Antes preguntábamos con soberana seguridad ¿quién manda en esta casa? La respuesta era clara, puntual, inmediata. ¿Y en los alrededores del/mi mundo? Los papás, la Iglesia, el gobierno, la tradición. En la cultura que vivimos ya no es así. Qué bueno que así sea -es mi opinión- aunque no faltan las nostalgias de las seguridades del pasado. Por otra parte, ante las incertidumbres actuales de quién manda, la volatilidad de la democracia, la inseguridad violenta, las campañas orquestadas por el empoderamiento… no hallamos qué hacer. Vivimos en una sociedad huérfana. ‘Ya no hay autoridad’, decimos desconcertados. ¿Qué está pasando?
En este contexto los invito a reflexionar el Evangelio del Domingo pasado. “Hablaba como quien tiene autoridad”, comentaba la gente acerca de Jesús. No solamente hablaba sino que miraba, escuchaba y actuaba con autoridad. Veían en Jesús la autoridad en su más prístino servicio: una autoridad que guía, libera, sana, deja que la vida fluya, da seguridad, construye, abre nuevos horizontes, irradia confianza, alimenta la esperanza, da paz. La autoridad de Jesús hace retroceder el mal, todo tipo de mal. Impresiona el “¡cállate y sal de él!”.
Nuestra fe en Jesucristo incluye aceptar su autoridad también en tiempos de vacunas, nuevas tecnologías y marketing político preelectoral. No tengamos miedo seguirlo y obedecerlo; puede liberarnos de nuestras soberbias arrogancias y egoístas autosuficiencias.
Los abrazo con la bendición de Dios.
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