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26 de noviembre

26 de noviembre

Feminismo, maternidad y alienación

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Antonio Sánchez González.

El “arrepentimiento de ser madre”. Este nuevo tabú del que no nos atrevemos a hablar se ha convertido en un estribillo de las revistas femeninas desde hace unos años. Los artículos y podcasts que describen los supuestos dolores de la maternidad están proliferando.

 

En los últimos años, han aparecido diversos textos con ensayos, análisis y testimonios que tratan de describir lo que en esos se expresa como el dolor de convertirse en madres. Y detrás de estas historias, un precepto para desdramatizar el sentimiento que sienten.

 

Si estos textos y testimonios despiertan empatía, a veces inmediatamente, lamentaremos que lleven a pesar de sí mismos una ideología que no dice su nombre, y que quiere que no haya realización posible en la maternidad. En algunos de ellos se tratada de justificar las incomodidades que aparecen en algunas mujeres en el momento del nacimiento de su hijo mayor a través de argumentos pseudopsicoanalíticos: cuando el cristianismo dejó de quemar a las mujeres como brujas, fueron encerradas en sus hogares o explotadas en oficios ingratos, para luego tratar de explicar de qué manera una mujer puede sentirse atrapada por la maternidad en una “función” que en realidad no había elegido.

 

Su arrepentimiento no se refiere a sus hijos, sino a la institución de la ‘maternidad’, que perciben como un freno a su tiempo, su libertad y su autonomía. Estas mujeres aman a su primer hijo, y a los siguientes, pero lamentan haber asumido el papel de madre. El niño ahora es percibido solo como una bola amarrada a su tobillo y, dado que es necesario encontrar un culpable de su sufrimiento, será la sociedad patriarcal y sus mandatos degradantes. Detrás de la transparencia y el sentimentalismo del testimonio en la era post-MeToo, la denuncia de este supuesto tabú solo reitera la afirmación de Simone de Beauvoir en “El Segundo Sexo”, la obra fundacional del feminismo, sobre la condición de la mujer: “Su desgracia es haber estado biológicamente condenada a repetir la vida”.

 

Es no asumir que la maternidad no es una “institución”, un marco rígido y frío, cuyas atribuciones serían invariables, sino una aventura. Un encuentro lleno de sorpresas, un precipitado de incertidumbres del que fluyen alegrías y tristezas. Bajo el pretexto de construir un discurso emancipador, esta doctrina, defendida por algunas feministas, instrumentaliza el sufrimiento íntimo de estas mujeres y las hace prisioneras de sus males emocionales, que pueden, en realidad, tener otras causas que el arrepentimiento de ser madre.

 

Este arrepentimiento también se deriva en parte de una discrepancia entre una maternidad fantaseada y la realidad. Para muchas mujeres jóvenes, la imagen de la maternidad soñada es la del “mamigrama”: la de estas influencers a quienes seguir para averiguar cómo combinan la ropa de su hijo con la sombra de su sofá. Una fachada perfecta, alejada de la vida cotidiana de pañales y noches con sueño interrumpido.

 

En un momento de la historia humana en el que no podemos imaginar un embarazo que no está programado, cuando debemos conocer el sexo del niño para elegir el color de su habitación y configurar una mesa de regalos del recién nacido en la que todos vendrán a elegir los presentes para ofrecer a mamá y bebé, el deseo de un niño tiende a adoptar estándares que son los del consumo. ¿Cómo podemos soportar que nuestra descendencia invada nuestro tiempo libre? En uno de estos textos que uno encuentra aquí y allá, alguien escribe: “Cuando lo veo, me digo a mí misma que podría muy bien prescindir de él y encontrar mi vida antes. Aquella en la que tuve amantes. Cuando era hora de hacer lo que quería, como quería, cuando quería”. Herederas lejanas de Madame Bovary, estas mujeres de Instagram lamentan un pasado fantaseado y proyectan un mundo sobre sus dificultades sociales y emocionales.

 

Sí, entonces el niño es un elemento de desorden en una vida planificada. Confunde al consumidor, a quien se le ha prometido una existencia de satisfacción y bienestar. Obviamente, es una sacudida, porque nos aleja de nosotros mismos y nos hace penetrar en el misterio de la procreación. Ser madre -y padre-, escribe el filósofo Martin Steffens, “es entender que, esta vida recibida un día que es el de mi nacimiento, finalmente la juzgué lo suficientemente hermosa como para querer darla, transmitirla, compartirla”.

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