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24 de octubre

24 de octubre
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Huberto Meléndez Martínez.

Dedicado al profesor Jesús Federico de León Alemán.

Incomparable experiencia era el conducir aquel camión de siete toneladas. Ser chofer tenía sus peculiares satisfacciones que le colocaba en un estatus social distinto (y mejor) a los oficios que llegó a desempeñar.

Desde que asistía a la escuela primaria había tenido que trabajar los fines de semana, para resolver gastos personales lustrando zapatos, lavando automóviles o de mozo en la frutería de su tío.

Por razones de subsistencia la familia había migrado de la Ciudad del sarape, hacia el sur del Estado de Nuevo León y, por azares del destino él había tenido que regresar a esa urbe a vivir con la abuelita Josefa y la tía Elsa, quienes prodigaron afecto y cuidados mientras terminaba sus estudios elementales.

En la escuela secundaria dedicó los domingos a la pizca de perón, manzana y membrillo en las huertas de la región. Estas actividades eran más rentables que las anteriores, pero tenían un común denominador: se realizaban bajo los rayos del sol.

Ilusionado se inscribió a la preparatoria persiguiendo el sueño de llegar a ser arquitecto, aprendió a comercializar botas y ropa vaquera, obteniendo mejores ganancias.

Quizá sintió inconscientemente el peso de ser el mayor de la familia de once integrantes, complejizada la vida por falta de dinero para costear los gastos en la escuela.

Al abandonar sus estudios tuvo la primera sensación de fracaso y decidió refugiarse en el trabajo, su carácter optimista y alegre mostraba felicidad al seguir conduciendo aquel camión del tío Humberto Alemán en la recolección y transportación de ixtle por las comunidades de cinco estados donde existía esa producción, anduvo por carreteras, terracerías y brechas; conociendo el mundo por Galeana, El Tajo, La Primavera, Raíces, en Nuevo León, Tula y Jaumave, Tamaulipas; Estación Catorce y otras en San Luis Potosí.

Era feliz conociendo caminos, lugares, personas, formas de vida, paisajes, degustando alimentos frugales o suculentos según los sitios o paraderos; manejar durante horas escuchando música, comunicándose por la radio, colaborando con su padre en la instalación de máquinas talladoras, o transportando víveres de la CONASUPO a las tiendas cooperativas ubicadas a lo largo y ancho del semidesierto.

La vida dio un giro repentino cuando su padre declaró “te preparas, porque te voy a llevar a que presentes examen para que estudies la carrera de profesor”.

La insinuación careció de eco en la cabeza del muchacho, pero como eran tiempos en los que los deseos u órdenes de los padres debían obedecerse, presentó su examen y días después de realizado un estudio socioeconómico fue a ver el registro de aceptados deseando haber quedado fuera.

Sin regocijo alguno vio ahí su nombre. La madre, al verlo desanimado le motivó persuadiéndole de lo honroso de una profesión tan noble. Sería el primer profesionista en la familia.

Atendió las instrucciones y en cuatro años cambió el volante por el gis y los libros, para fortuna propia y de centenares de niños, sus alumnos.

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