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24 de septiembre

24 de septiembre

Disney, moralina, censura y destrucción

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Antonio Sánchez González.

Walt Disney lamentó en su tiempo que “el problema con el mundo era que demasiadas personas estaban creciendo”. Hay que creer que muchos niños de antaño se han vuelto tan adultos que ya son incapaces de pensar de otro modo más que dentro de los esquemas problemáticos que fundamentan las nuevas utopías de raza, género y especie.

Ahora resulta que algunos viejos clásicos del repertorio animado de Disney se han vuelto tan criticables que es necesario acompañarlos con una advertencia, antes de verlos, especificando que incluyen “representaciones anticuadas y/o tratamiento negativo de personas o culturas”. También se advierte de los estereotipos “fuera de lugar” que tendrían una “influencia dañina” en el espectador y la redención a través de una promesa repetida de veneración implacable de los tótems de la “inclusión” y la “diversidad”. De hecho, la película Peter Pan es incriminada por su representación considerada desgastada y caricaturesca de la cultura nativa americana, los Aristogatos por presentar gatos siameses manejando palillos y hablando con un acento asiático demasiado pronunciado y Dumbo sobre la base de que uno de los cuervos que canta el blues se llama Jim Crow, haciendo eco de las leyes de segregación racial promulgadas en 1877 en los Estados Unidos.

Las precauciones mencionadas anteriormente no son nuevas, ya que parecen haberse puesto en marcha en los meses pasados. También van acompañadas de prohibiciones de programas ahora inaccesibles desde los perfiles de “niños”, oficialmente con el fin de adaptar la oferta de contenido a los más jóvenes, mientras que otras categorías se despliegan en la plataforma, en un intento adicional de distanciar un material cinematográfico que todavía es accesible para hacerlo necesariamente sujeto a la intermediación de los padres.

Dumbo fue pensado como una alabanza de la autorrealización y la autoaceptación más allá de las apariencias, Peter Pan como una oda atemporal al poder liberador de la imaginación, los Aristogatos un himno a la superación de la condición social de cada uno a través del amor, el coraje y la música. Si los fundamentos no han cambiado, entonces nos estamos enfrentando al sello de una condena moral anacrónica, en virtud de un proceso convenenciero que consiste en juzgar los hechos del pasado según ciertos criterios morales de nuestro tiempo, para activar los engranajes de una contrición restringida relativa a los errores de tiempos pasados: “los padres comieron uvas verdes y a los hijos les duelen los dientes”, ya decían los profetas bíblicos sobre la expiación de las faltas cometidas por los difuntos.

Aunque la cultura de la previsión no es nueva, no puede normalizarse, especialmente en términos de expresión artística. No es más que una suave propedéutica a la censura ciega articulada según las implacables modalidades del tachado cultural. Los tartamudos de la posmodernidad ya no se contentan con exhortar a otros a cubrir el pecho que no pueden ver, deben reclamar, amonestar públicamente a sus observadores e imponer a todos sus contemporáneos -cómplices a pesar de sí mismos- las condiciones de su redención.

Al aceptar obedientemente que se borró la pipa de Monsieur Hulot en nombre de la salud pública, que Lucky Luke abjuró de fumar su brizna de hierba por las mismas razones, que después de 500 años se esconda una estatua de Colón porque después de él llegaron otros que ahora se considera que cometieron conductas abusivas, que es normal no publicar las obras de un autor genial debido a su pasado político, que es excusable mutilar estatuas centenarias de hombres gloriosos excomulgados de nuestra herencia sin más fundamento que el de la subjetividad, víctimas de unos pocos activistas o de la casual percepción de un individuo, o si es aceptable distorsionar los sutiles equilibrios de la sintaxis sobre la base endeble de las especulaciones de que la igualdad de género se derivaría necesariamente de la disposición de las palabras, poco a poco hemos allanado el camino para los excesos de la vigilancia sospechosa de la cultura, la historia y las relaciones ordenadas entre los seres humanos.

Animado por las mejores intenciones pedagógicas, el duque de Montausier se comprometió en su tiempo a hacer accesible tanto como fuera aceptable una colección de textos clásicos griegos y latinos al joven delfín Luis de Francia aún adolescente, hijo de Luis XIV. Así, cada obra original iba acompañada de una reescritura generalmente simplificadora y mojigata, a la que se añadía una explicación tanto destinada a iluminar el texto y su reescritura, como a “orientar” favorablemente la lectura. Pero hay que comprender que los preceptores morales de nuestro tiempo ya no forman reyes; ahora educan a las multitudes definiendo el perímetro permisible de su imaginación.

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