

Julieta del Río.
La escena exhibió una práctica cada vez más normalizada dentro del propio movimiento: la simulación.
Julieta del Río
El regaño de la Presidenta este domingo 1 de febrero no fue una anécdota ni un gesto espontáneo. Fue una expresión clara de hartazgo. Frente a legisladores y servidores públicos más atentos a la foto que al trabajo territorial, el mensaje fue directo: pónganse a trabajar con la gente. No solo incomodó; evidenció una realidad que muchos prefieren ignorar.
Lo ocurrido no es un problema de formas, sino de fondo. La escena exhibió una práctica cada vez más normalizada dentro del propio movimiento: la simulación. Mucha cercanía fingida, mucha narrativa triunfalista y propaganda constante, pero pocos resultados concretos para la ciudadanía.
Conviene recordarlo: la Presidenta de la República es una figura constitucional. No es jefa de facción ni de grupo político; es la Presidenta de todas y todos los mexicanos. Convertirla en trofeo político o instrumento de proselitismo erosiona su investidura y debilita la institucionalidad del Estado.
El contexto explica la dureza del momento. La Presidenta viene de una semana marcada por crisis internas: el escándalo por la compra de camionetas blindadas de lujo para ministros de la Suprema Corte; el cuestionado dictamen de la Fiscalía General de la República sobre el accidente del tren interoceánico, que deja fuera de responsabilidad a constructores y supervisores de una obra emblemática del sexenio anterior. El mensaje es preocupante: la protección política parece seguir pesando más que la verdad.
A ello se suma la opacidad en el envío de petróleo a Cuba, donde no hay claridad sobre volúmenes, costos ni pagos, y una narrativa oficial que se diluye entre información y desinformación. Paralelamente, siguen apareciendo casos de gobernantes del propio partido cuya conducta contradice el discurso oficial, así como la renuncia (presentada como voluntaria) del coordinador de la bancada en el Senado, que pocos consideran libre de presión.
Como si el desgaste no fuera suficiente, se han aprobado ordenamientos que exigen a la ciudadanía la entrega de datos personales sin garantías reales de protección. Los hackeos masivos a instituciones públicas han demostrado que el Estado no puede asegurar ni sus propios sistemas. En ese contexto, solicitar datos biométricos resulta irresponsable; el padrón de telefonía es el ejemplo más claro de una política que nació sin confianza y nunca logró construirla.
Ese es el fondo del regaño. No solo es enojo: es el síntoma de una crisis interna, de presiones y disputas por poder, cercanía y candidaturas. El problema no está afuera, está dentro. Y muchos se están moviendo no para mejorar la vida de la gente, sino para quedar bien con la Presidenta.
Ojalá el estirón de orejas sirva. Para que entiendan que gobernar no es simular, que no basta la narrativa ni la foto, y que el gabinete haga lo que le corresponde: decir la verdad, cumplir la ley y honrar la Constitución. Solo así, con legalidad, trabajo real y verdad, se podrá empezar a reconstruir la confianza. Porque ningún país se sostiene con simulación.
@Julietdelrio