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Cuentas que no cuadran

Cuentas que no cuadran

Huberto Meléndez Martínez

   |  15 diciembre, 2020

Huberto Meléndez Martínez.

Cariñosamente a la tía Severina y al tío Benito (+)

 

El alegre tintineo metálico de dos monedas en la bolsa derecha del pantalón, generaba satisfacción en su persona, caminando hacia casa junto al hermano mayor.

La mejor sensación era tocar el billete que llevaba en la bolsa izquierda. Portar dinero ganado por el trabajo le hacía elaborar planes de gasto. Inicialmente pensó disfrutar una ida al cine, pero imaginó que en vez de ello, al día siguiente compraría una de aquellas manzanas bañadas en el apetecible dulce de brillante caramelo rojo que vendía el muchacho de Las Huertas, en la salida de la misa dominical; aunque también era tentadora la idea de esperar hasta el lunes, a la hora del recreo adquiriría una bolsa de suculentas palomitas con salsa roja; invitar a sus hermanos un dulce de leche de los enrollados en azúcar se sobreponía a aquellas tentaciones; de ser insuficiente para todos, podría esperar a darles la sorpresa de invitarles en alguna tarde de uno de los días de la semana para ir a la esquina de la calle, donde Don Chuy vendía aquellas tostadas rojas súper delgadas y crujientes con unas cuantas gotas de salsa picosa; tal vez adquirir aquellos colores brillantes de caja transparente…

¿Por qué el dinero disponible nunca alcanza para realizar los planes de las personas?

El esfuerzo realizado esa mañana les dio la satisfacción de haber ganado ese efectivo, porque habían hecho trato con una tía, para acarrearle agua en sendos cubos de lámina.

Era la primera vez que él hacía aquella actividad, porque en la familia solamente había un par de recipientes preparados para aquella acción remunerativa.

Recordaba haber sentido pena ante los aguadores que constituían la fila para llenar las cubetas de la toma de agua pública, distante a unos 120 metros de la casa de los tíos. No tenía certeza de poder con el peso, porque estrenaba un palo que serviría de balancín, con cuerdas en cada extremo y un gancho de alambrón en la punta, de donde ensartaría el asa de las cubetas del número doce.

Esperanzado veía el camino para partir junto con su hermano, pero no llegaba. El primer tramo de apenas treinta pasos le supo a proeza. Volvió el rostro a verificar si aquellos sujetos lo veían, pero para su fortuna consideró que cada uno se ocupaba de sus propios asuntos.

Su expectativa de ganancia tampoco se realizó, porque apenas pudieron acarrear siete viajes cada uno, tarea que se vio interrumpida por el llamado a la cocina donde degustaron un sabroso plato de sopa de estrellita con humeantes frijoles de la olla, café y tortillas.

Fue una bendición aquella deliciosa comida.

Desafortunadamente, juntar las ganancias no alcanzarían ni para el boleto del cine para uno de ellos.

Aprender a valorar el trabajo y su rendimiento, son lecciones imprescindibles en la vida de las personas. Toda remuneración implica esfuerzo. Para la gente honrada no existe el dinero fácil.

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