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¿Comer y dormir?

¿Comer y dormir?

Antonio Sánchez González

   |  27 noviembre, 2020

Antonio Sánchez González.

La falta de contacto físico es un factor de riesgo para la salud. Lo vemos por ejemplo en la educación de un niño: se reafirma tocándolo. Hoy, nuestras manos no se tocan y no podemos abrazarnos cuando hay luto. Esta inmensa soledad no se llena con artilugios digitales.

La medicina sabe cuán vital es el contacto físico. Los estudios demuestran que los bebés que no reciben afecto no pueden sobrevivir. El contacto es esencial para desarrollarse y crecer, físicamente pero también psicológicamente, aumentar la curiosidad, agudizar la mente… En México vivimos en un país confinado, donde por diversas razones ya no nos tocamos. Las personas que ya no tienen contacto físico corren el riesgo de deprimirse debido a una profunda sensación de inseguridad. Lo vemos en la hora de la muerte: el gesto que tranquiliza y consuela perfectamente es tomar la mano de quien amas.

Por supuesto, las restricciones al contacto físico promovidas a causa de la pandemia han causado un sufrimiento terrible, pero también han hecho posible crear conciencia: la prohibición de las visitas ha generado reacciones virulentas por parte de muchas familias que han sufrido esta falta de contacto normal con sus seres queridos.

Estas restricciones se han dirigido especialmente a los ancianos. Y olvidamos que nuestros ancianos son ciudadanos plenos, perfectamente capaces de asumir la responsabilidad y capaces de decidir por sí mismos qué riesgos quieren correr y qué es esencial para ellos. Las cuarentenas, dirigidas especialmente a la población mayor de edad, son simplemente ridículas. Sería divertida si no fuera indigna, una política de salud que, con el pretexto de proteger a los ancianos, discrimine debido a la edad.

Como pasa en todas las crisis, la que estamos atravesando es sinónimo de caos, pero también de transformaciones. Y si el sufrimiento de las familias que cuentan con adultos mayores podría haber sido terrible por el temor al contagio, al menos la conciencia resultante es beneficiosa: los lazos humanos con nuestros ancianos deben mantenerse a toda costa. Muchas personas mayores han dicho que prefieren seguir viendo a sus seres queridos incluso si están en riesgo, en lugar de prolongar sus vidas por unos años más, pero a costa de una especie de secuestro sanitario. Nuestra obsesión por la salud, que nos llevó a querer proteger la vida biológica, cueste lo que cueste, nos hizo olvidar por un momento que la vida no está completa sin su dimensión emocional, social, espiritual y democrática. Por último, se trata de un reto de ciudadanía: no podemos decidir por las personas mayores sin tener en cuenta su opinión.

El aislamiento, al que rebuscadamente nos referimos como “distancia social” nos inmuniza contra el virus, pero nos hace vulnerables a riesgos psicológicos cuya gravedad ha sido subestimada. Estos riesgos no solo son para las personas mayores, sino también para quienes rompieron su ritmo de vida, sus hábitos: paseos, idas al cine, encuentros culturales, servicios de voluntariado, juegos de mesa… Todo lo que hace que su vida sepa, todas estas actividades que hacen con amigos o familiares. Por supuesto, uno puede aceptar ser privado por un corto tiempo de estos momentos de la vida si la emergencia de salud lo requiere. Pero lo que deprime a la gente es no ver el final del túnel a pesar de los anuncios de las autoridades, porque no se puede vivir condicionado a los indicadores numéricos y la eficacia de las vacunas, que, por ejemplo, aún no se conoce con certeza. Y esta imposibilidad para hacer planes es particularmente deprimente.

La vida no se trata sólo de mantenerse a salvo, comer, dormir o teletrabajar de la mañana a la noche. Esta perspectiva es desmoralizadora si no es ilustrada por la esperanza de días mejores.

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