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Amor Divino Divino Amor

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Sigifredo Noriega Barceló.
La agenda del mes de mayo está llena de eventos, memorias y fiestas que tocan las fibras más hondas de quienes vivimos en estos lares. Son los temas/realidades/experiencias básicas de la vida: el trabajo, la familia, la madre, la escuela, el maestro, el estudiante, el país, la fe religiosa, la fiesta patronal… Cada evento nos presenta rostros concretos y cercanos con historias diversas y apasionantes; son fechas esperadas, preparadas, disfrutadas y sufridas. ¡Cómo hay manifestaciones de amor durante este mes! El segundo domingo y el 10 de mayo la madre acumula las flores, las velas y las canciones.
Por si algo faltara, el Pasado Domingo proclamamos el Evangelio del Amor con especial alegría pascual: “Nadie tiene amor más grande… Permanezcan en mi amor”. El Resucitado nos regala la más sublime de sus revelaciones: “Como el Padre me ama, así los amo yo”. También el más amoroso de sus mandatos: “Ámense los unos a los otros como yo los he amado”.  ¿Qué tal? El amor de Dios hace que los amores humanos sean casi divinos.
El Señor Jesús sigue insistiendo en la necesidad de “permanecer en su amor”. Esto es indispensable para quienes desean aprender el arte divino de amar. Nadie puede llamarse y ser su discípulo si no ama y hace del amor su estilo permanente de vida, su hábitat, su vocación, su misión. El amor es una de las lecciones más complicadas en la escuela del seguimiento de Jesús; quizá por eso la insistencia.
Escuchar con obediencia el mandato del amor y aprender el arte divino de amar es el gran reto para el cristiano de todos los tiempos. En un ambiente social y cultural donde llamamos amor a cualquier cosa y hacemos de los gustos e intereses particulares la ley de la vida, el cristiano tiene que estar vigilante y asumir los riesgos de ir a contracorriente. Para Jesús es claro que el amor es permanencia, no tiene fecha de caducidad. Esto es tan cierto que lo da a los suyos como distintivo, mandamiento y estilo de vida: “En esto reconocerán que son mis discípulos”. Para hacerlo realidad el discípulo tiene que estar permanentemente en comunión con Él para aprender a imitar la profundidad de su estilo de amar y llenarse del amor del Padre.
Amar y ser amados es un grito y un don que llevamos dentro. Nuestra vocación es amar en todas las fechas del calendario de la vida. La queja ‘más humana’ y constante de nuestra gente se refiere a la soledad, a no ser amados, no tanto a carecer de cosas. Por otra parte, lo que más alegra el corazón es el amor hecho detalle, presencia, cercanía. El amor que Jesús nos deja como mandamiento no es sólo el amor que el corazón humano siente y necesita. El matiz característico del mandamiento nuevo es “amar como Él nos ha amado”. Aplica también en tiempo de elecciones.
Con inmenso afecto y gratitud abrazo y bendigo a todas las madres y a los maestros.
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