Aborto

Rayano en la histeria fue como muchos medios de comunicación occidentales festejaron la revocación del derecho constitucional al aborto en los Estados Unidos. Recordemos, primero, que la resolución de su Corte Suprema no prohíbe el aborto, sino entrega a cada estado la responsabilidad de la ley. Esto desencadenará una prohibición del aborto, o cuando menos … Leer más


Antonio Sánchez González.

Rayano en la histeria fue como muchos medios de comunicación occidentales festejaron la revocación del derecho constitucional al aborto en los Estados Unidos. Recordemos, primero, que la resolución de su Corte Suprema no prohíbe el aborto, sino entrega a cada estado la responsabilidad de la ley. Esto desencadenará una prohibición del aborto, o cuando menos una fuerte restricción, en varios estados estadounidenses.

 

Aquellos en Occidente que pretenden haber ganado este derecho están preocupados de que ahora se les niegue. Aquellos que rechazan el derecho al aborto celebran, avizorando una reversión. En realidad, esto solo significa un cambio procedimental: en un país federal donde las leyes se pueden decretar a nivel estatal, es más probable que las minorías sean escuchadas caso por caso, mientras que en un país centralizado esas voces se ahogan en el conjunto. No hay posibilidad de que, en consecuencia, el derecho al aborto sea revocado en otros países. Sin embargo, esta medida norteamericana tiene sentido simbólico: nos recuerda que existen opiniones antimayorías, incluso minoritarias y focales.

 

En occidente, en su mayor parte, se considera que el derecho al aborto es una ley progresista en la medida en que garantiza la libertad individual de las mujeres, y no debe ser cuestionada. De lo contrario, sería un “paso atrás”, algo impensable, incluso criminal.

 

Sin embargo, la ley del progreso indefinido e inexorable, que otorgaría cada vez más libertades al individuo sin volver nunca atrás, no representa necesariamente el camino a la perfección. Nuestras sociedades no se enorgullecen por avanzar hacia una mayor permisividad. Juzgan los actos de guerra con dureza y les marcan límites. Prohíben la tortura sin excepción. Persiguen y castigan la pedofilia. No es el avance ciego hacia la libertad individual lo que guía nuestras sociedades: son las creencias y su evolución. Los antiabortistas son poblaciones de cristianos, judíos, musulmanes, que creen que la dignidad del niño por nacer es más sagrada que la libertad individual de las mujeres. Los defensores del aborto consideran que la libertad de las mujeres es sagrada por encima de todo. Las conductas representan sólo la superficie de este mar: están anclados a creencias profundas, las únicas capaces de explicarlas.

 

Durante medio siglo, el tema del aborto se ha convertido en una especie de escollo que atrae todas las pasiones, porque simboliza la transición de una sociedad cristiana a otra no cristiana: la transformación completa de las creencias. Es porque existen grandes poblaciones cristianas en algunos estados americanos, creyendo que el aborto se les ha impuesto contra su voluntad, que la ley puede ser revocada allá -o aquí-.

 

Naturalmente, se dirá que la ley de las mayorías es algo miserable cuando se trata de determinar asuntos tan importantes, pero es lo que tenemos (aparte de la guerra) para resolver nuestras diferencias. Ni modo, habrá que aceptarlo. Como están las cosas, no es previsible que los partidarios del aborto acepten verse como minoría en alguna parte. Irónicamente, se han vuelto dogmáticos después de tanto reproche a los cristianos por su dogmatismo.

 

Es fácil olvidar que las leyes morales dependen, afortunadamente, de la sociedad y de las mayorías democráticas, incluso cuando hay excepciones (la ley que abolió la pena de muerte en Francia se aprobó en contra de la opinión popular). Y como tal, los proabortistas tendrán que aceptar la ley de la mayoría en algunos estados “conservadores”, al igual que los cristianos tradicionalistas deberán aceptar el aborto en la mayoría de los países occidentales, donde son minoría. Las sociedades modernas sobreviven de esta manera, y seguramente esto es mejor que cualquier dogmatismo tiránico.

 

Se trata de límites, mucho más que de dogmas. ¿Hasta dónde puede llegar el aborto, después de cuántas semanas? ¿No es infanticidio cuando se aborta al niño completamente viable muy cerca de nacer? ¿Debería llamarse eutanasia? ¿Podemos sacrificar a un niño? Se requiere humildad y preocupación constantes al fijar nuestros límites. Porque los ignoramos, y cuando los dejamos están en nuestras manos sólo instrumentos traicioneros. Es necesario creer que deben existir, si la existencia humana no quiere zozobrar en excesos inhabitables. Sobre el tema del aborto, los excesos están por todas partes, y esto es parte del frenético cara a cara que hemos presenciado durante décadas. De ahí la lucha del radicalismo que está en juego porque, frecuentemente, los tradicionalistas son más numerosos y, algunos, más violentos. Y el campo contrario también tiene sus ultras.

 

Todavía podemos conservar la razón. Nadie puede sobrevivir con dignidad en extremos bufonescos o dramáticos. En cualquier caso, es exigible que el espíritu de los tiempos deje de insultar a los creyentes minoritarios (en este y cualquier tema) como si fueran criminales. Hay creencias en cada lado de cada ecuación. No hay sociedad si se deja de respetar las creencias de los demás. Y eso nos está pasando en México.