

José Luis Medina Lizalde.
El odio se avivó con la publicación de la más reciente encuesta sobre la valoración de López Obrador por los mexicanos cuando se reafirma que de nada les ha servido tanto veneno vomitado en contra de lo que representa el expresidente.
Cuando el pueblo dice que el que se enoja pierde dice una gran verdad que constatamos en el plano individual y el colectivo. El odio con el que hacen política núcleos de la oposición confirma que en la política también sucede.
El Diario Universal se acaba de dar un enorme golpe a sí mismo cuando publica una entrevista montaje usando a Carlos Monsiváis para poner en su boca las sandeces más aberrantes con la que la derecha buscó destruir el liderazgo de López Obrador, tan burdamente confeccionado que ni siquiera lo armaron con coherencia cronológica. ¿Cómo explicar tanto odio tan contraproducente?
Entiendo que han sido afectados individualidades que con el colapso de su credibilidad han perdido capacidad de ganar dinero que obtenían por cuarenta minutos de disertación contratados por gobiernos estatales y municipales, instituciones educativas y organismos privados. Son la generación que relevó a los intelectuales que como Monsiváis y muchos más viajaban solo con gastos pagados sin obtener remuneración alguna. Pertenezco a una de las generaciones universitarias privilegiada por el acceso a los Monsiváis, Elena Poniatowska, Efraín Huerta, Enrique Semo, Arnaldo Córdova y Alberto Gironella y muchos más que acudían a invitación de difusores culturales sin dinero pero con sensibilidad y compromiso como El Licenciado Roberto Almanza, José de Jesús Sampedro y muchos más. Ahora los genios incomprendidos acaudillados por los Aguilar Camín y Enrique Krauze han perdido el rentable mercado que alguna vez disfrutaron. Solo les quedan los espacios mediáticos dónde aceleran la pérdida de relevancia corporativa e individual.
El odio se avivó con la publicación de la más reciente encuesta sobre la valoración de López Obrador por los mexicanos cuando se reafirma que de nada les ha servido tanto veneno vomitado en contra de lo que representa el expresidente.
Entiendo el odio de Salinas Pliego, pagar impuestos en la etapa declinante de su vida es un cambio muy difícil de digerir, entiendo también el odio de los que perdieron lo que nunca tuvieron pero que soñaban tener. Lo que no entiendo es que esa emoción irracional presida su actividad política.
Soy viejo en el arte de estimar a personas con distinta ideología. Como todo ser normal formo parte de un enjambre de relaciones humanas que no me permite ser odiador enfermizo de uno que otro de mis seres queridos que no comparten mis preferencias políticas, de gente con la que la interacción es rutina desde que recorremos las mismas calles, cafés y cantinas y con las que coincidimos en actos culturales.
No imagino al Papa León XIV odiando a su hermano por ser fans de Donald Trump ni conocí que Fidel Castro odiara con vehemencia a su hermana Juana que se instaló en Miami para desde allí despotricar contra sus hermanos revolucionarios. Tampoco imagino que el propio dueño del Universal quiera menos a su hija Teresa por participar abiertamente en apoyo a López Obrador y a Claudia Sheinbaum y el propio Leo Zukerman nos hace saber el cotidiano debate de sobre mesa que sostiene con su hijo apasionado, según sus palabras, de la 4-T.
En la vida privada y en la política la historia reporta que no quien odia vive más en el infierno que el objeto de su odio. Los profesionales de la conducta humana son capacitados para evitar que emoción tan auto destructiva domine la vida del paciente, los abogados, jueces y notarios públicos son testigos frecuentes de la destrucción de familias, fortunas y vidas causada por el odio.
Inculcar el odio a los árabes y cristianos es herramienta política de Israel desde el nivel pre escolar, de otro modo no aceptarían que sus soldados torturen niños de meses de nacidos para obligar al padre palestino a entregarse. Ocasiones hay en que el odio se incuba a lo largo de años y años de latigazos y despojos, humillaciones e injusticias. Le pasó a los haitianos que se rebelaron contra el colonialismo francés hasta conquistar su independencia primero que los demás países (1804). Le pasó a los mexicanos tras 3 siglos de sufrimiento social ocasionado por el régimen colonial que hizo cometer el error militar más costoso a Don Miguel Hidalgo que no tomó la Ciudad de México cuando pudo por saberse incapaz de contener el odio de sus huestes contra los españoles.
El odio es derrota de lo humano.
La vileza del periodismo odiador no es plan con maña, es emoción desbordada. la vileza opositora no es astucia sin escrúpulos, es emoción no gobernada.
La oposición política contemporánea no tiene futuro electoral porque insiste en hundirse sola.
La libertad de expresión hunde o encumbra a quien la ejerce.
El odio en política es ruta segura de fracaso.
Nos encontramos el lunes en Recreo