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La humildad y la generosidad, modos de acceder al reino de Dios en nuestras vidas

La humildad y la generosidad, modos de acceder al reino de Dios en nuestras vidas

Fernando Mario Chávez

   |  1 septiembre, 2019

La madre teresa de calcuta fundó la congregación de las Misioneras de la Caridad.

La cultura de nuestros ambientes en estos días que nos ha tocado vivir, exalta mucho el ser tenido y apreciado con grandeza y reconocimiento.

Cuesta mucho ser sencillo, humilde y a la vez generoso consigo mismo y por supuesto, con los demás.

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Las lecturas de este domingo, nos enseñan precisamente a ser humildes de corazón y a la vez generosos con nuestros prójimos.

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Estos dos modos de ser para acceder al Reino de Dios, se presentan a nuestra consideración, este domingo vigésimo segundo del Tiempo Ordinario, Ciclo C.

Estemos pues, dispuestos a entender y asimilar lo que la Iglesia nos enseña y podamos sacar fruto de vida espiritual en nuestras familias, en el mundo del trabajo, en los espacios de diversión, y en la diversidad de relaciones humanas en la vida de nuestras culturas, en el desarrollo de las profesiones y talentos que cada uno tenga de más o menos, teniendo ante nuestra mirada la figura de Jesús, manso y humilde de corazón y al mismo tiempo generoso en plenitud de entrega para con los ricos y de manera muy especial, con los pobres y humildes.

El banquete del reino de Dios como llamado para vivir en comunión humilde y generosa con Dios y con nuestros semejantes.

Nuestras reflexiones dominicales de hoy, parten desde la primera lectura

tomada del libro del Sirácide (Eclesiástico), del cual leemos y proclamamos:

“Hijo mío, en tus asuntos procede con humildad y te amarán más que al hombre dadivoso. Hazte tanto más pequeño cuanto más grande seas y hallarás gracia ante el Señor, porque Él es poderoso y sólo los humildes le dan gloria”.

Y en los evangelios, Cristo, nuestro modelo y fuente de vida, nos enseña que Él siendo Dios altísimo como Hijo suyo, se anonadó a sí mismo; se abajó, hasta hacerse hombre en todo igual a nosotros, excepto el pecado del cual nos vino a liberar y unido a su divinidad de Dios como Persona divina, tomó la condición humilde de siervo y fue obediente hasta la muerte y muerte de cruz.

Por lo cual pasando por la ignominia de la muerte recibió la exaltación de su resurrección para Él, el primero y luego para nosotros como vocación y participación. Precisamente este es el camino de la redención: humildad y exaltación en la gloria eterna.

El evangelio de esta eucaristía está tomado de San Lucas y en él se relata una parábola con el tema del banquete. Un sábado Jesús fue a comer en casa de uno de los jefes de los fariseos y éstos estaban espiándolo, Jesús miraba cómo iban llegando los invitados al banquete y que escogían los primeros lugares.

En atención a esta circunstancia el Señor comunicó su parábola, enseñando que cuando uno sea invitado a un banquete, no debe desear estar en los primeros puestos, porque puede suceder que llegue un invitado muy importante y luego el anfitrión venga a pedir dejar el lugar y con vergüenza tener que levantarse ante los demás invitados e ir a sentarse en los últimos lugares.

Todo debe ser al contrario, es decir, ocupar desde el principio el último lugar para que el señor del banquete, invite a ir del último lugar al primero, dice Jesús: “Amigo, acércate a la cabecera”.

“Entonces te verás honrado en presencia de todos los convidados. Porque el que se engrandece a sí mismo, será humillado, y el que se humilla, será engrandecido”.

La segunda parte de la parábola de Jesús, hace referencia a la generosidad, diciéndole al anfitrión que lo había invitado: “Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque puede ser que ellos te inviten a su vez, y con eso quedarías recompensado. Al contrario, cuando des un banquete, invita a los pobres, a los lisiados, a los cojos y a los ciegos; y así serás dichoso, porque ellos no tienen con qué pagarte; pero ya se te pagará, cuando resuciten los justos”.

De esta manera Jesucristo, nos hace ver cómo desde la humildad y sencillez se puede ser generoso con amplitud y entonces vendrá por la humildad la elevación y por la generosidad el premio de la vida eterna.

Conclusión

En efecto y teniendo los presupuestos doctrinales de nuestra homilía, recuerdo, lo que también decía Jesús en otro pasaje del evangelio de San Lucas:

“Con el dinero tan lleno de injusticias gánense amigos que los reciban en el cielo” (Lc 16, 9). Así podemos entender, que el Señor nos invita siempre a entrar en el banquete del Reino.

Aceptemos la invitación, pero hagámoslo con humildad y viviendo la vida con generosidad; ayudando a los que no tienen con qué pagarnos, pero que nos recibirán en el cielo con Jesús, María y todos los santos, precisamente por haber comenzado a participar del banquete terrestre como plataforma de lanzamiento hacia la alegría eterna del banquete celestial.

Obispo emérito de Zacatecas*

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