¿Un buen fin de plenitud?

Sigifredo Noriega Barceló.
Sigifredo Noriega Barceló.

El movimiento económico que provoca este evento comercial y la coincidencia con las últimas semanas del Año Litúrgico.

“Si perseveran con paciencia, salvarán sus almas”
Lucas 21,5-19

Ya se ha iniciado la publicidad para el ‘buen fin’ del próximo fin de semana. El movimiento económico que provoca este evento comercial y la coincidencia con las últimas semanas del Año Litúrgico nos hace pensar en las realidades finales de la existencia humana y, desde luego, también en las intermedias.

Lo que vamos consiguiendo durante el trayecto de la vida y las luchas de cada día pueden aportar la seguridad de que vamos caminando bien y, quizás, alimenten la esperanza de un ‘buen fin’ de nuestras historias. Por otra parte, hay que contar también con las situaciones incómodas que aparecen en la convivencia social ocasionadas por la maldad humana. ¿Será un buen fin para todos? ¿Quién o qué lo garantiza? Los horrores de la violencia homicida y sus variadas secuelas siguen retando nuestras estrategias y posibilidades humanas.

Los seres humanos vivimos de sueños. ‘Este día será mejor’, expresamos en nuestros deseos. ‘Este gobierno nos llevará a la tierra prometida del bienestar sin fin’, comentamos con ilusionada esperanza… Sucede cada cierto tiempo en las familias y en los pueblos… No hay duda, deseamos, queremos, buscamos un futuro mejor para nosotros y las personas que nos acompañan/acompañamos en la vida. ¿Qué pasará si no sucede conforme a nuestras expectativas? ¿Se acabará el/nuestro mundo?

Aprovechar las ofertas, una nueva situación familiar, un cambio de gobierno, un nuevo ordenamiento social, un nuevo sistema económico… pudieran ser buenas semillas para un futuro mejor. No cambiar es otra posibilidad. ‘Vale más malo por conocido que bueno por conocer’ enriquece también el inventario de nuestras experiencias. Vivir y convivir la tensión entre novedad y nostalgia es característica del ser humano.

La Palabra del domingo pasado habla del futuro, del fin definitivo de la historia humana, de la segunda venida de Cristo. Las imágenes apocalípticas que usa el evangelista parecieran anunciar un final desastroso para todos. ¿Irá a ser así? ¿Dios Padre destruirá la obra de la creación con todo y sus hijos? El mismo lenguaje simbólico del Evangelio abre el horizonte y las puertas de la esperanza. Si el futuro es de Dios podemos esperar un futuro de plenitud. La esperanza cristiana tiene su garantía en la resurrección de Jesucristo.

Pensar en el futuro pudiera provocar miedo, ansiedad, incertidumbre… Lo desconocido nos acalambra de muchos modos; no hay deseos que no se mezclen con temores. No nos extrañe que lleguen crisis y momentos difíciles en los que hay que discernir y tomar postura.  En ocasiones sentiremos que se nos viene el mundo encima. El discípulo de Jesús tiene que enfrentar en su vida y en su entorno terremotos de variadas intensidades. Cuando Dios es Dios en nuestra vida el horizonte de nuestra esperanza nos hace mirar/esperar/trabajar el futuro de otra manera.

Si vivimos en el Señor será posible no ser aplastados, ni perecer ahogados en nuestros miedos. Fidelidad, paciencia activa, firmeza, perseverancia, esperanza, caridad… son actitudes necesarias para enfrentar las situaciones difíciles y para aceptar el ‘buen fin’ en plenitud: la gloria eterna con Dios.




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