

Jaime Casas Madero
Las elecciones, incluso las que parecen menores o previsibles, siempre dejan lecciones.
Si, arrasó el PRI, pero su victoria en Coahuila no debería sorprender a nadie. Quien conozca mínimamente la historia política de ese estado sabe que se trata de uno de los últimos grandes bastiones priistas del país. Ahí el partido conserva estructuras, liderazgos territoriales y una identidad política que, guste o no, sigue teniendo peso entre una parte importante del electorado.
Por eso, más que preguntarnos por qué ganó el PRI, quizá la pregunta correcta sea por qué Morena no logró competir con mayor fuerza en un territorio que lleva años observando desde la distancia. El resultado, lejos de ser un simple dato electoral, debería encender algunas alarmas en el partido gobernante.
Las elecciones, incluso las que parecen menores o previsibles, siempre dejan lecciones. La peor decisión que puede tomar cualquier fuerza política es minimizar una derrota bajo el argumento de que “era una plaza difícil”. Cada elección merece un ejercicio serio de introspección: qué se hizo mal, qué mensaje no llegó, qué errores se cometieron y qué debe corregirse antes de la siguiente contienda.
Porque la historia política está llena de partidos que confundieron las señales de advertencia con accidentes aislados y cuando finalmente entendieron el mensaje de las urnas, ya era demasiado tarde. Morena haría bien en observar con atención lo ocurrido en Coahuila, no porque una elección defina el futuro del país, sino porque varias elecciones ignoradas pueden convertirse en la crónica de una muerte anunciada.
Pero hay otro aspecto que llama la atención. Me resultó curioso ver al expresidente Vicente Fox salir a celebrar la victoria priista. Más allá de las simpatías o antipatías que pueda generar Morena, la escena deja una pregunta inevitable: ¿qué lleva a un referente histórico del PAN a festejar el triunfo de un partido que durante décadas fue su principal adversario político?
La respuesta parece revelar una realidad incómoda de nuestra política. Las fronteras ideológicas se han vuelto cada vez más difusas. Los principios que antes diferenciaban a unos de otros hoy parecen ceder frente a un objetivo común: evitar que gane el adversario de turno. Y cuando eso ocurre, la identidad partidista empieza a diluirse. Lo único que denota es desesperación.
Es legítimo que alguien no quiera que gane Morena. En eso consiste la democracia, precisamente en la coexistencia de distintas visiones, pero lo que resulta más difícil de explicar es por qué celebrar con entusiasmo una victoria que no es propia, de un partido que históricamente representó un proyecto distinto e incluso opuesto.
Mientras Fox celebraba el triunfo del PRI, los resultados mostraban a un PAN que prácticamente desaparece del Congreso local en Coahuila. La imagen es difícil de ignorar: un expresidente panista festejando una victoria ajena mientras su propio partido atraviesa uno de sus peores momentos en la entidad. La pregunta es inevitable: ¿qué se está celebrando exactamente?
Quizá esa imagen resume mejor que cualquier encuesta el momento que vive la oposición mexicana: partidos distintos, ideologías diferentes y trayectorias enfrentadas durante décadas, pero unidos por una causa circunstancial. El problema es que una alianza construida únicamente en torno al rechazo de alguien suele tener fecha de caducidad.
Mientras tanto, en Coahuila no ocurrió nada extraordinario. Ganó el PRI en territorio priista. Lo verdaderamente importante es entender qué nos dice ese resultado sobre el futuro político del país y quiénes están dispuestos a escuchar el mensaje.
Y debo decirlo: las urnas rara vez se equivocan y el ignorar una derrota porque ocurre en territorio adverso suele ser el primer paso para repetirla en otros lugares. Morena haría bien en hacer una autocrítica y tomar nota de lo ocurrido en Coahuila, pero también la oposición debería reflexionar sobre su propio rumbo. Porque en política no basta con celebrar que pierda el otro; tarde o temprano también hay que explicar por qué la gente habría de votar por uno.