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22 de septiembre

22 de septiembre

Mi delito… ser hombre

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Historia de Lobos.

En México, según datos de la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (ENDIREH) 2011, 63 de cada 100 mujeres de 15 años y más han padecido algún incidente de violencia a lo largo de su vida.

En nuestros días la violencia conyugal ya no se considera “una cruz” que se deba cargar a cuestas.

Ahora existen leyes e instituciones que luchan en contra de que eso suceda y continúe creciendo. Ahora los derechos de la mujer están reconocidos por igualdad.

Pero, ¿qué sucede cuando la víctima de la violencia familiar es el “hombre de la casa”? Para el género masculino resulta igual de traumático el hecho de ser víctima de ella, pero el estigma social masculino de fuerza y poder va más allá, impidiendo en muchos casos que los hombres denuncien a sus parejas de agresiones físicas y psicológicas.

En esta historia conoceremos el caso de un hombre que tuvo el valor de denunciar y de esta manera recobró su dignidad.

¿Quién es este hombre?

Es un hombre profesionista, moreno, de complexión delgada, con una edad aparente mucho mayor a sus 38 años.

De caminar encorvado, inseguro al hablar, de vestimenta descuidada nada apropiada para un médico.

Acompañado por sus cuatro hijos, acude cabizbajo para narrar su historia de sufrimiento y vergüenza.

Su matrimonio

“Yo me casé enamorado y con la ilusión de tener una vida plena en compañía de ella. Me casé con el deseo de formar una familia, de terminar mi carrera y llegar a ser un especialista. Siempre quise ser pediatra.

Desde el inicio del matrimonio comenzaron los problemas. Yo aún estaba estudiando y mi esposa me celaba todos los días. No había un solo día en que no me hiciera reclamos infundados.

Sus palabras eran cuestionamientos severos. ‘¿Por qué llegas a esta hora?’, ‘¿A qué hora saliste?’, ‘¿En dónde estabas?’, Ya sabe, lo típico. ‘Seguramente andabas de mujeriego’, bueno, eso me lo decía con groserías e insultos.

Su inseguridad era tal, que empezó a aparecerse en la escuela de Medicina. Primero se escondía y me vigilaba, luego si me veía hablando con alguna compañera, se iba contra mí para reclamar, no sin antes insultar a mis compañeras”.

Mi esperanza era que ella cambiara

“Yo creía muy equivocadamente que ella iba a cambiar, que en cuanto yo terminara la carrera y empezara a trabajar en mi consultorio las cosas cambiarían.

También creía que en cuanto naciera nuestra primera hija todo mejoraría.

Por un tiempo fue así. Monté mi consultorio en el rancho y las cosas comenzaron a ir bien, las consultas cada vez las solicitaban más y económicamente nos iba bien.

Como yo tenía el consultorio cerca de la casa no había ningún problema porque ella estaba al pendiente.

Sí teníamos problemas y también había discusiones; a veces eran porque no había terminado la consulta temprano o me reclamaba porque ella no podía salir, o por cosas de la casa, hasta por dinero. Yo estaba consciente de que las cosas no deberían ser así, pero siempre tenía la esperanza de que ella cambiara. Es verdad, soy médico y en esos momentos uno no piensa como médico.

Yo aguantaba por que sí la quería y además porque ya teníamos a los niños y yo sabía que no era buena una separación, además de que yo quería estar cerca de mis hijos y ella siempre me amenazaba con llevárselos lejos y que yo nunca los volvería a ver”.

Ciclo de la violencia conyugal

“Si había momentos de tranquilidad, la mayoría de las veces cuando teníamos las peleas en donde ella era la que gritaba, insultaba, me golpeaba, se iba contra mí a pegarme en la cara, en los brazos, me rasguñaba.

Yo no la golpeaba porque ella es mujer y a mí me enseñaron a respetar a las mujeres. Sólo la detenía de las muñecas, pero salía peor; ella gritaba más y se enfurecía, me reclamaba lo mismo por horas, le daba vueltas y vueltas a lo mismo.

Estaba herido, frustrado, muy triste, me sabía amarga la boca, yo lloraba, lloraba mucho a solas, sabía que eso no podía seguir, pero veía a mis hijos y yo no podía dejarlos solos con ella.

Me daba mucho terror pensar que, así como me golpeaba a mí, los fuera a golpear a ellos.

Sé que suena muy poco creíble, pero en verdad que sentir toda esa ira en los golpes que me daba no era tanto como el miedo de que fuera a hacerles daño a los niños. Para entonces teníamos tres, ya habían pasado ocho años.

Cuando se le pasaba la furia, ella se arrepentía, me juraba que ella iba a cambiar. En verdad cambiaba, se portaba amorosa, me arreglaba la ropa, me servía de comer, estaba dispuesta para tener relaciones sexuales, incluso ella me buscaba; por eso es por lo que tuvimos cuatro hijos.

Ese tiempo para mí era la gloria, porque tenía mi hogar, mi esposa, mis hijos, todo, pero nuevamente empezaba como a decaer el amor, se iba haciendo distante, fría, celosa y nuevamente esa maldita explosión de cólera.

Eso le duraba un tiempo, parecía odiarme, yo lo sentía, además me lo gritaba, que quería matarme, pero esas explosiones de coraje cada vez eran más agresivas.

Cada vez me sentía más devaluado, le tenía mucho miedo y sí, me da mucha vergüenza decirlo, sentía que no podía hacer nada, sentía que estaba en sus manos.

Lo peor de todo es que en mi confusión mental o emocional o qué sé yo, pensaba tontamente que esas explosiones, y más cuando eran por celos, eran porque me amaba y tenía miedo de perderme.

Sé que sonará estúpido, pero a veces cuando pasaba tiempo y ella no estallaba, yo me preguntaba si ella ya no me amaría porque ya no me ponía atención. ¡Qué mal estaba!”

Las agresión llegó a mis hijos

“Inevitablemente mis hijos crecían, con ellos las responsabilidades y también las necesidades económicas. Yo, aparte del consultorio, ya tenía otro trabajo en el Centro de Salud.

Mi esposa se volvió más celosa, comenzó a espiarme en el Centro de Salud, me esperaba a la salida; me insultaba diciéndome que para que no me fuera a revolcar con las enfermeras o con las doctoras.

En el consultorio llegó a pelear con las pacientes; pobres mujeres de rancho que sólo iban con la esperanza de que les sanara sus dolencias. A veces esa pobre gente no tenía dinero para pagarme la consulta de 50 pesos y ella se enfurecía, me decía que seguramente yo me acostaba con ellas, así que planeó ser mi asistente.

Eso definitivamente no funcionó; los problemas con los pacientes eran cada vez más frecuentes y ya la gente no iba.

Tuve que cerrar el consultorio, también me tuve que salir del Centro de Salud. Perdí todo.

Trabajaba en el rancho con mis papás para salir adelante con mis hijos. Me atreví a denunciarla por ellos, porque ellos tuvieron más valor que yo.

Las agresiones ya habían llegado al grado de que me golpeaba con la plancha, me aventaba lo que tuviera en las manos, estuvo a punto de matarme con un molcajete que me aventó a la cabeza.

Mis hijos estaban viviendo eso; a ellos también los regañaba muy violentamente y sí llegó a golpearlos, pero no con la magnitud como lo hacía conmigo, sus lesiones eran en el alma.

Me decidí por ellos

El día que me presenté a poner la denuncia sentía que se me caía la cara de vergüenza; no sabía ni cómo empezar.

Mis hijos me acompañaron, ellos me han apoyado en todo.

Yo estoy seguro de que la licenciada ni me creía. En dónde se ha visto que un hombre sea golpeado.

Sentía que no valía nada, me sentía feo, poco hombre, sentía que yo era un fracasado que nunca iba a salir adelante.

Lo único que me motivaba eran mis hijos, pero también sentía que les había fallado, porque les había dado una madre así, pero es su madre y yo sé que ellos sufrieron mucho más que yo.

Ellos veían a su madre con mucho miedo y a mí con lástima. Se supone que el padre es el que da la protección y ellos, mis hijos, me tuvieron que proteger a mí”.

Ciclos

El ciclo de la violencia es un modelo desarrollado para explicar la complejidad y la co-existencia del abuso con comportamientos amorosos.

Es útil, para aquellos que nunca han experimentado violencia doméstica, entender que la ruptura del ciclo de la violencia es mucho más complicado que simplemente huir o salirse del ciclo.

Fase de tensión

Esta dura usualmente un periodo de tiempo, tal vez semanas o meses. Crece el estrés y se derrumba la comunicación.

Los abusadores a menudo abusan verbalmente de sus parejas, e incidentes “menores” de violencia pueden ocurrir.

Las víctimas sienten un peligro creciente durante este periodo, tratando de anticiparse al estado de ánimo del abusador. Familiares y amigos pueden negar o minimizar el peligro en esta etapa.

Fase Aguda o de Crisis

En esta fase, la tensión aumenta y finalmente estalla la violencia. Este es un periodo explosivo e impredecible, que usualmente perdura entre 24 y 72 horas, lo cual puede resultar en lesiones serias e incluso la muerte.

El incidente es producto del estado emocional del abusador o un evento externo, en vez de algo que la víctima haya hecho. Durante este periodo la víctima realiza acciones para sobrevivir al abuso. Estas pueden incluir denuncias, levantar actas o tratar de escapar.

Fase de Calma o Luna de Miel

Después de la fase de crisis violenta del ciclo, el abusador pasa a un periodo más calmo que a veces es denominado la Fase de Luna de Miel.

Esta fase puede durar desde días a semanas e incluso meses. Durante esta fase, el abusador puede mostrarse arrepentido, suplicante para su perdón, y promete que esto nunca volverá a suceder otra vez.

La víctima quiere creer que esto es verdad. El abusador puede lucir vulnerable, causando en la víctima un sentimiento de culpa y responsabilidad por el bienestar del abusador. La víctima puede sentirse agotada y los niños pueden convertirse en cuidadores, tomando la responsabilidad de mantener la paz.

Al principio, familiares y amigos pueden recibir esta etapa queriendo creer que la violencia no ocurrirá. Pero este no es el caso.

Por un periodo de tiempo puede haber cambios en el ciclo.

La Fase de Luna de Miel puede volverse más corta, y la tensión y la violencia pueden aumentar.

Algunas víctimas declaran que nunca han experimentado un abusador arrepentido o amoroso, sino que simplemente ven una disminución de la tensión antes del inicio de un nuevo ciclo.

Cuando se inicia el ciclo, la víctima comienza a entrar y salir de la relación. A menudo se necesitan muchos intentos para tomar una decisión final y salir definitivamente de la relación violenta.

Los sentimientos de culpa, inseguridad y preocupación por el bienestar de los niños juegan un rol importante en el proceso de la toma de decisión de la víctima.

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