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Mi delito… luchar por ellos

Mi delito… luchar por ellos

Ivonne Nava García

   |  14 marzo, 2021

Historia de Lobos.

En los divorcios con hijos, la actitud de las partes respecto a los niños no siempre es ejemplar. En muchas ocasiones, los conflictos de la pareja se proyectan sobre los hijos, con resultados muy dolorosos para los menores.

El usar a los hijos como armas para lastimar al “ex” es una de las situaciones que más dañan durante el proceso de divorcio. Esta situación le genera severos daños psicológicos al niño, tales como ansiedad, miedo, inseguridad para relacionarse y frustración.

Esta historia es de dos pequeños que fueron “utilizados” por su madre para lastimar a su “ex” y vivir a sus expensas evadiendo también su responsabilidad de manutención a los niños, incluso hacia ella misma.

El dinero

El principal problema fue el dinero y al principio eso no significó problema porque me comenzaron a rebajar el 30% de mi salario. Ella no trabajaba porque no quería hacerlo y me decía que a ella la habían educado para ser esposa, no para andar trabajando.

Todo empezó a cambiar cuando a mí me despidieron de mi trabajo y el dinero empezó a escasear. Eso fue más o menos a los tres meses de que nos divorciamos. Yo le expliqué que debería trabajar para sus gastos y para que los niños siguieran en la misma escuela.

Nunca me desobligué, les pasaba a mis hijos 2 mil 500 pesos a la quincena, aun y cuando no tenía un salario pero para ella no era suficiente. Comenzó a meter escritos en el juzgado de que no estaba cumpliendo. Ella quería 7 mil 500 pesos quincenales, simplemente no podía porque yo no ganaba eso.

Me los negaba

Cuando iba a recogerlos me decía que si ya le iba a entregar los 7 mil 500; le decía que no, que yo ganaba más o menos 7 mil de comisiones a la quincena. Entonces me decía que los niños no podían ir conmigo por cualquier pretexto.

Eso fue al principio y después no me abría la puerta de la casa, yo se la dejé para que viviera con mis hijos y no anduvieran rodando, pero luego ya no podía ni entrar al pasillo.

Tuve que ir al juzgado para que el juez ordenara que me dejara verlos y empecé a notar a los niños muy diferentes, estaban flaquitos y muy serios conmigo. El más chiquito me decía “te quiero, papi”, pero la más grande iba y lo regañaba, le decía “es malo, no lo quieras” y se quedaban serios.

Rehacer su vida

Me empecé a enterar de que ella salía a fiestas y que tomaba mucho. El problema es que se llevaba a mis hijos.

Una amiga en común le sacó unas fotografías en donde se ve ella tomando con un grupo de personas y mis niños en el piso dormidos. Le fui a reclamar y le dije que si no los podía atender que mejor me los diera, que yo los cuidaría.

Me contestó que ella iba a rehacer su vida y que los niños estarían con ella. También me dijo que si los quería ver que los mantuviera como estaban acostumbrados. Conseguí otro trabajo para darle un poco más de dinero y sólo de esa manera me los prestaba más seguido.

Nueva relación

Para ese tiempo, conocí a una mujer, ella es soltera y sin hijos, me aceptó y empecé una relación con ella. Nunca me imaginé la reacción de mi “ex”.

Fue a buscarme a la casa y comenzó a insultarme, me decía que jamás volvería a ver a mis hijos, que ellos no iban a convivir con esa “vieja” y que primero se mataba antes de ver a sus hijos cerca de ella.

Me dijo que me iba a arrepentir y lo cumplió, me negaba completamente a mis niños. Para eso, ella ya los tenía bien aleccionados, yo sé que ellos me quieren, pero los obligaba a no quererme, incluso le llegó a pegar al más chiquito porque me había dicho que me quería. La verdad yo llegué a llorar.

No tenía manera de comprobar todo eso y se me ocurrió decirle a mi pareja que anduviéramos a escondidas para que mis hijos no sufrieran. A la mamá de mis hijos le dije que ya no andaba con ella.

Otra vez me los empezó a prestar, pero para que eso se lograra, yo le tenía que dar dinero. Si le daba menos de 3 mil a la semana, no me dejaba verlos y a veces yo vivía con 500 o 600 a la semana para poder ver a mis hijos.

“Garrientos”

Yo creo que 3 mil pesos alcanzan muy bien para darles de comer, vestir y los gastos de la escuela de dos niños, pero me los traía todos harapientos. No le daba tiempo ni de lavarles su ropita.

Llegaba por ellos el sábado en la mañana para que se quedaran conmigo y me los entregaba con pijama, sin desayunar y me decía que no tenían ropa limpia, me la daba en una bolsa para que yo se las lavara.

El más chiquito usaba la ropa que era de su hermano y que desde que estábamos casados yo le había comprado, al más grande lo vestía de regalado de sus primos. Ella seguía sin trabajar y nunca la he visto que ande mal vestida.

Mis niños me  platicaban que ella se iba de compras, pero que no les compraba nada a ellos; además, la veían desayunando con sus amigas y cada fin de semana en fiestas tomando.

Encrucijada

Le reclamé sobre que le hacía al dinero y metí un escrito al juzgado para que le exigieran los recibos y facturas de los gastos de mis hijos.

Tuve que llevar fotografías de cómo me entregaba a los niños.

Durante más de 8 meses no les compró ni calcetines y yo estaba en una encrucijada; si no le daba dinero no me dejaba verlos y los ponía en mi contra, si le daba el dinero hasta me los dejaba todo el fin de semana, pero no me quedaba dinero para comprarles ropita.

Yo no había platicado nada con mis papás para no preocuparlos, pero todos se daban cuenta de cómo traía a mis hijos. Ellos les compraban ropita y yo de plano me llegué a quedar sin nada de dinero para vestir a mis hijos. Tomé la decisión de ya no entregárselos. Avisé en el juzgado y solicité la guarda y custodia de mis hijos.

Violencia familiar

Por respuesta me puso una denuncia penal por violencia familiar.

La asesoró uno de sus amigos con los que se iba a emborrachar y dijeron que yo golpeaba a mis hijos, inclusive pidió que los revisaran para ver si no los había violado.

No le prosperó su denuncia porque mis hijos están bien. Le salió peor, porque los niños dijeron muchas cosas que ella hacía, eso  e sirvió para la guarda y custodia. Hasta ahí fue a meter unas “pruebas” de que ella era “casi ciega” y que por eso no podía trabajar.

Peleó la guarda y custodia.

Llevé pruebas de que ella hasta manejaba de noche cuando se iba de fiesta con sus amistades. Yo seguía con mi pareja y mis hijos la empezaron a querer mucho, se me partía el corazón cuando le decían que ella si era buena.

El más chiquito le dijo “te quiero decir mamá” y a su verdadera mamá le decía “gorda” y el más grande le decía mamá a mi mamá, a su mamá la llamaba por su nombre.

Para ella sólo eran su seguro para no trabajar y vivir cómodamente. Me costó mucho esfuerzo pero logré que me dejaran a mis hijos.

Tenemos una familia y mis hijos se ven nuevamente sanos. Ella me sigue enviando mensajes amenazándome y yo lo que le digo es que mejor se ponga a trabajar.

Las dificultades del divorcio

El Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) advierte que las consecuencias de un divorcio en los niños pueden ir de moderadas a graves y de transitorias a permanentes.

Básicamente, establece que los daños dependen de diversos factores:

  • Del grado del conflicto previo a la decisión de separarse.
  • La forma en la que se involucra, o no, a los hijos durante el proceso.
  •  El hecho de que la crianza sea conjunta.
  • Que el estatus económico y el estilo de vida puedan mantenerse tras el divorcio de los padres.

El divorcio se ha instituido para los cónyuges, no para los padres, ya que no existen “exhijos, ni expadres”, refiere el organismo. Para lograr un divorcio civilizado, antes de hablar de separación, se debe recurrir a un terapeuta para intentar solucionar los conflictos.

No se debe ser extremista, entablar conversaciones violentas o amenazar y ambos deben procurar ser empáticos.

Si el matrimonio tiene más de un hijo, es preferible que después de la separación los niños vivan en la misma casa.

No intentar que los hijos tomen partido por alguno de los padres. Procurar que los niños no pierdan su rutina.

El compromiso “para toda la vida” es cada vez más efímero, ya que una quinta parte de los matrimonios que se celebran cada año en México termina en divorcio

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