En la entrega anterior mencionamos que la crisis económica de 2008, provoco la primera gran depresión del siglo 21. Este proceso impacto la dinámica y legitimidad del modelo de Estado vigente. Las consecuencias políticas que sobrevinieron fueron: la crisis de representación, la aparición de nuevas formaciones políticas, la emergencia de otros actores políticos, la radicalización … Leer más
En la entrega anterior mencionamos que la crisis económica de 2008, provoco la primera gran depresión del siglo 21. Este proceso impacto la dinámica y legitimidad del modelo de Estado vigente.
Las consecuencias políticas que sobrevinieron fueron: la crisis de representación, la aparición de nuevas formaciones políticas, la emergencia de otros actores políticos, la radicalización de formaciones política de izquierda y derecha, el ascenso de la derecha radical, el populismo y la vuelta del autoritarismo.
Sin embargo, el Estado, sus instituciones y sus mecanismos de legitimación tienen un proceso de más de 40 años de desgaste y crisis que fueron evidentes desde la crisis fiscal de finales de años 70, cuando el Estado, se declaró incapaz de atender y garantizar las demandas de la sociedad en materia de empleo, salud, educación, movilidad social y pensiones.
A este proceso se suman los cuestionamientos de corrupción, ineficiencia y la falta de capacidad para gestionar el conflicto político que origina la pugna por el reparto de oportunidades, la movilidad y el bienestar social.
Una parte fundamental de la crisis de Estado, es la llamada crisis de las élites en dos rubros:
cuando estas no representan un factor de cohesión social y la sociedad es desafecta de sus representantes y viceversa o bien las élites que se van formando ya no tienen la fuerza y capacidad para seguir conduciendo al Estado.
Estas dinámicas se observan de manera precisa en el Poder Ejecutivo y el Poder Legislativo, a partir de la construcción, aplicación de presupuestos y políticas públicas. En el caso del Legislativo la eficaz construcción de una agenda común que se identifique con la sociedad.
En ambos casos una de las dinámicas omitidas, es el diálogo o bien la intrascendencia del mismo por parte de las élites. Lo anterior por que el ejercicio del poder como extensión del Estado ha excluido los temas fundamentales, lo que demuestra la pérdida de credibilidad de las élites.
Por ello, hoy más que nunca, el diálogo y el debate político son esenciales en la construcción y legitimación del Estado. El debate debe ser sin demagogia y sin matices partidarios, debe ser permanente, racional y fuerte. Esto legitima al Estado y manifiesta la fuerza e intensidad de élites políticas, su ausencia es una muestra de la crisis del Estado y de la clase política.
Nota. Este próximo 2 de octubre es una fecha más que debe conmemorarse una y otra vez, para que no vuelva a suceder.
Imagen Zacatecas – José de Jesús Vela Cordero