A la señora Ma. del Refugio Martínez Rodríguez, mi madre: por su actitud persistente, atinada y vigilante. Alborozados por haber conseguido permiso de su mamá para ir a la casa de una tía, los tres hermanos salieron acompañados de la prima mayor, quien había comentado que ese sábado tenían la visita de otros familiares. … Leer más
A la señora Ma. del Refugio Martínez Rodríguez, mi madre: por su actitud persistente, atinada y vigilante.
Alborozados por haber conseguido permiso de su mamá para ir a la casa de una tía, los tres hermanos salieron acompañados de la prima mayor, quien había comentado que ese sábado tenían la visita de otros familiares.
Se anunciaba una convivencia alegre con la expectativa de conocer a otros niños venidos de una ciudad del norte. Aprenderían sobre otras costumbres y lugares.
En la mesa hubo gran bullicio porque todos querían contar algo, y en algún momento, al final de la sencilla cena, quisieron ir a la tienda de la esquina, para obsequiar a los primos alguna golosina, en plan de buenos anfitriones.
La noche era más fresca afuera que aquella pequeña estancia con techo de lámina, acalorada por el fuego de la chimenea con las cazuelas alrededor del gran comal.
Don Enrique el comerciante, era de edad avanzada, su diminuto local estaba iluminado con una lámpara de petróleo, cuya bombilla pedía ser limpiada a cada destello de la flama.
Sorprendido vio llegar el puñado de niños ruidosos y aguzó sus anteojos estirando el cuello para verles mejor. Dada la hora de la noche, era inusual recibir al puñado de infantes sin la compañía de alguna persona mayor. Reconoció a los vecinos y ello le hizo tomar confianza.
Sobre el mostrador había una vitrina con confituras variadas. En completa naturalidad uno de los nuevos abrió la tapa y tomó un puñado de caramelo, otro extrajo un cono con cajeta y otro un haz de tubos de plástico delgados, rellenos de chile salado.
Los tres preguntaban simultáneamente el costo de lo que mostraban, mientras el señor decía el precio y abría las manos de los niños volviendo los dulces a los recipientes.
Con firmeza instaló el orden y atendió uno a uno, e iban adquiriendo lo propio. El más pequeño de los anfitriones notó que los invitados no traían dinero y compró algo para ellos.
Al salir del estanquillo empezó a distribuir los obsequios y fue escuchando “No gracias, aquí traigo yo”. Cada uno fue exponiendo lo que llevaba entre sus ropas.
Portaban una cantidad impresionante de golosinas y solo la penumbra de la noche pudo ocultar la cara de asombro del primero. ¿En qué momento habían tomado y escondido los confites sin que se dieran cuenta ellos o el dueño de la tienda?
Charlaban y comían sin hacer alusión alguna al ilícito cometido. Sus padres tampoco entraron en averiguaciones.
El hecho quedó confirmado cuando días después vieron disminuidas sus canicas, el trompo, yoyo y balero con los que jugaron la mañana del domingo, no aparecieron por sitio alguno de la casa.
Aquellos niños estaban situados en el camino preciso de la delincuencia.
Para su buena fortuna, los visitados tuvieron siempre una mamá cuidadosa del comportamiento dentro y fuera del hogar, de las compañías adecuadas, cumplimiento de las tareas escolares.
Durante la infancia y adolescencia les atendió corrigiendo oportunamente cualquier desvío.
*Director de Educación Básica Federalizada
Imagen Zacatecas – Huberto Meléndez Martínez