¿Qué tipo de sociedad estamos construyendo como mexicanos? ¿Dónde estamos y a dónde queremos llegar? Hay quienes para responder estas preguntas se centran en temas de crecimiento, desarrollo y estabilidad económica, lo que supondría un mejor ingreso y así poder elevar nuestro nivel de vida y otros pudieran apostar por la erradicación de la corrupción … Leer más
¿Qué tipo de sociedad estamos construyendo como mexicanos? ¿Dónde estamos y a dónde queremos llegar? Hay quienes para responder estas preguntas se centran en temas de crecimiento, desarrollo y estabilidad económica, lo que supondría un mejor ingreso y así poder elevar nuestro nivel de vida y otros pudieran apostar por la erradicación de la corrupción como un mal que atenta contra todos los sectores y niveles en nuestro país.
No hay duda que estos dos temas y algunos otros son fundamentales para iniciar la construcción de un mejor país, de hecho estos dos factores han acaparado la agenda pública durante los últimos años y son las cuestiones de mayor rentabilidad que pueden ofrecer hoy los partidos políticos y los candidatos a la presidencia de la república.
Sin embargo hay un factor trascendental que difícilmente se considera como elemento importante para la transformación de nuestro país, pues la propia composición de nuestro sistema político y electoral hace imposible que eso suceda. Y es lo que se refiere a las características y calidad de nuestra democracia y nuestro sistema político.
Lo que hemos observado en los escasos días que llevan las campañas federales y seguramente en las locales ocurrirá lo mismo, es una estrategia de utilizar el miedo, la incertidumbre, la violencia y el chantaje con tal de desviar la atención de lo que verdaderamente debería de importarnos; las trayectorias, perfiles y propuestas quedan de lado cuando los temas centrales de las campañas presidenciales se centran en producir un show mediato en torno a escándalos, demagogia, mentiras, descalificaciones e incluso irreverencia, el pasado debate dio muestra de ello.
Mientras que el PRI y el PAN apuestan por una campaña de miedo y odio en contra de AMLO, parecen olvidar que el miedo que sentimos los mexicanos todos los días es producto de la realidad que vivimos en todo el país, el miedo a una realidad que simplemente no da muestras de poder cambiar, el miedo a un sistema político y no a una persona es lo que tiene a AMLO en la cabeza de las preferencias.
Pero lo que también da miedo y preocupa es precisamente que las preferencias y simpatías se logren a partir del fracaso del gobierno en turno y no por las propuestas o confianza que pueda trasmitir Andrés Manuel, hoy nos encontramos en un situación de conformismo (o resignación) de apoyar al menos peor, aquel que también provoca miedo por sus propuestas simplistas y su personalidad autoritaria y sumamente conservadora.
El mediocre nivel político y la pobre democracia que nos caracteriza es el verdadero miedo que deberíamos de sentir y preocupar, ver a todos los candidatos y darnos cuenta que ninguno garantiza certeza para poder transformar y mejorar a nuestro país es algo que sí debería de darnos miedo.
Pues más allá de los apasionamientos, los miedos o las resignaciones que nos llevan a tomar decisiones trascendentales, como el futuro de nuestro país, es necesario hacer un análisis racional y objetivo que nos permita aceptar la verdadera realidad y problemas de México y como sociedad actuar en pro de un mejor país.
Imagen Zacatecas – José Luis Guardado Tiscareño