Hay una epidemia de obesidad. Hay un sentimiento de que todos vamos prematuramente al infierno, víctimas de nuestra indulgencia y pereza. Y un tsunami de diabetes, osteoartrosis, enfermedades del corazón y cánceres está a punto de golpearnos. Y los médicos enviamos al mundo tras las hojas de lechuga y a correr. Es lo ortodoxo, pero … Leer más
Hay una epidemia de obesidad. Hay un sentimiento de que todos vamos prematuramente al infierno, víctimas de nuestra indulgencia y pereza. Y un tsunami de diabetes, osteoartrosis, enfermedades del corazón y cánceres está a punto de golpearnos. Y los médicos enviamos al mundo tras las hojas de lechuga y a correr.
Es lo ortodoxo, pero una serie de académicos están acusando de exageración a investigadores de la obesidad, medios de comunicación y los funcionarios de salud pública. Recientemente se publica otra de estas opiniones disidentes. “La epidemia de obesidad: ciencia, moralidad e ideología”, es el trabajo de dos académicos australianos, expertos en educación física y pedagogía. Ya se puede tocar la controversia.
No son médicos, pero eso no significa que no tengan cosas valiosas que decir. Los científicos hablan de grasa como si tuvieran clara la causa: entra demasiada energía y no sale la suficiente. La realidad, afirman estos autores, es que hay muchos aspectos de la génesis y las consecuencias del sobrepeso que no son explicados por este modelo simplista.
No cuestionan que la proporción de obesos se duplicó en medio mundo occidental desde 1980. Tampoco discuten el aumento de los casos de diabetes tipo 2: el 55% de los adultos estadounidenses con diabetes son obesos, en comparación con el 30% de la población general, lo que vincula la obesidad con la diabetes.
Hace dos décadas se escribió en piedra que millones mueren prematuramente cada año debido a la obesidad. Pero desde entonces también se sabe que estos datos estadísticos tienen bases endebles porque está lejos de ser cierto que sea fácil discriminar por qué algunos grupos de obesos mueren más que otros.
Muchos dirán que esto se debe a mejores tratamientos con fármacos. Pero el 40% de los medicamentos recetados no se toman como se indica, y muchos estadounidenses -y mexicanos- de bajos ingresos no tienen seguro de salud y no pueden pagar los medicamentos, por lo que esto no es cierto. Si lo fuera, uno pensaría que la industria farmacéutica y que hemos hecho mal ignorándolos. Por otro lado, téngase en cuenta que la industria de la pérdida de peso -de 46 mil millones de dólares- depende de asustar a los ciudadanos más ricos. Sin embargo, la mortalidad real impide tirar los datos a la basura.
La ideología que rodea la obesidad se basa en una medida arbitraria: el llamado Índice de Masa Corporal (IMC). En el pasado, sólo aquellos cuyo IMC era superior a 30 se consideraban con sobrepeso u obesidad. Cuando ese valor se cambió a 25, estalló inmediatamente el número de gente obesa, al tiempo que les colgó una etiqueta que dice "anormal", equivalente a necesidad de tratamiento médico.
Esta definición arbitraria significa una constante exhortación para llegar al "peso ideal", debajo de 25 de IMC. Dado que naturalmente hay una gama de pesos dentro de una población, muchos están tratando de lograr lo imposible. Cuando fallan, se les cuelga otra etiqueta: "débiles".
La obesidad es una de esas áreas donde la ciencia se une a la cultura popular. La ciencia ha sido utilizada por algunos como una iglesia a la que se retiran por los fundamentos fácticos de sus creencias morales. Así, las personas gordas son malas, perezosas, son sintomáticas de nuestra decadencia moral. Los obesos representan el colapso en los valores familiares y a los niños perezosos.
Los grupos de bajos ingresos tienen más probabilidades de ser obesos, por lo que se supone que los niños que viven en la pobreza miran más televisión que los niños ricos. Pero decirles a los padres que restrinjan la televisión es más fácil que lidiar con las desigualdades de salud causadas por la pobreza, una causa más probable de la obesidad que la televisión diurna.
Tenemos razón al preocuparnos por el aumento de los niveles de Diabetes Tipo 2; pero, ¿debemos estar preocupados por el futuro de la salud de las personas con IMC de 26 o 28 que regularmente hacen ejercicio? Probablemente no, pero vamos a seguir diciendo a estas personas que su gordura significa dejadez.
Imagen Zacatecas – Antonio Sánchez González