Durante mi entrenamiento como médico recibí de mi maestro, el doctor José Macías, casi tantas lecciones de Medicina como de tauromaquia. Durante casi cada pase de visita en nuestro hospital mater el maestro me soltaba alguna cita que tenía qué ver con los toros y la enfermedad, y al final de muchas tardes acabábamos hablando … Leer más
Durante mi entrenamiento como médico recibí de mi maestro, el doctor José Macías, casi tantas lecciones de Medicina como de tauromaquia. Durante casi cada pase de visita en nuestro hospital mater el maestro me soltaba alguna cita que tenía qué ver con los toros y la enfermedad, y al final de muchas tardes acabábamos hablando de Joselito (o El Grande o Arroyo), de Sánchez Mejías o de Espartaco, Ponce y David porque era 1993. Con el maestro fui a sesiones de la Sociedad Potosina de Estudios Médicos tanto como a las de la peña taurina local que él dirigía. Y cómo no, si la Medicina y la Fiesta se parecían tanto.
Con los años, mi afición taurina tuvo una evolución inversamente proporcional a mi -digámoslo así- afición médica. Y cómo no, si la Medicina vive años gloriosos y los toros sufren tiempos de enfermedad. Tanto que por años dejé de ir a la plaza en abstinencia razonada, según yo debida a que me costaba sostenerle la mirada a los antitaurinos al final de cada tarde.
Antier volví. Buscaba una segunda opinión. Algo debía tener quien toreando tan poco cortó una oreja en La Maestranza y otra en Madrid la misma temporada, y porque algo debía tener el hijo de quien fue protagonista de nuestras conversaciones de los 90.
Volví porque creo que a pesar de todo, como mal congénito, la tauromaquia mantiene la fuerza que le ha permitido excitar la atención social durante más de 200 años. Un toro y un torero son capaces de arrastrar muchedumbres, remover el sentimiento y crear esa emoción exquisita que hace de los toros un espectáculo único.
La tauromaquia vive. Sin embargo, cualquiera que asista a cualquier plaza puede diagnosticar que su salud es precaria, no atina el tratamiento y su horizonte es tan oscuro que corre serio peligro de desnaturalización, que acabe con una tradición del mundo latino que ha superado difíciles vicisitudes históricas, incluidas prohibiciones papales, reales y presidenciales, pero que hoy afronta una suerte plagada de incógnitas.
La fiesta ha perdido su capacidad de excitar, y la enterada afición de hace años le ha dado la espalda. El toro, su protagonista, ha pasado de ser una bestia poderosa y fiera, a un antagonista enclenque, sin raza y sin clase, que provoca más pena que respeto. La lidia ha perdido, quizá irremediablemente, la seriedad y el rigor innatos a un juego entre la vida y la muerte, y ahora hay un mercadillo en cada ruedo. Ya no hay emoción ni miedo, y la atención no está en la arena sino en los tendidos. Para muestra la tarde de antier.
Muchos síntomas. Un puyazo para siete toros. Incontables pasadas en falso. Qué lejos queda la punta de la muleta. Muchos espadazos defectuosos y tramposos. Cuántos descabellos certeros. Cuántos aspavientos teatrales repetidos.
La fiesta ya no nos hace iguales a todos; no es de todos. Ahora es un espectáculo exclusivo del dueño de la plaza, los contratos y los toros.
Antier no había antitaurinos afuera de la plaza. Posiblemente comprendieron que La Fiesta se suicida y que sólo es necesario dejarla que encuentre su mortaja.
Imagen Zacatecas – Antonio Sánchez González