Ojalá que las fronteras de todos los países del orbe estuvieran abiertas. No dudo que millones de mexicanos aprovechasen el libre tránsito entre naciones para abandonar un territorio que cada día se siente más hostil y violento. Sobre todo para proteger a sus familias, para ofrecerles un futuro menos trágico y calamitoso. Los efectos de … Leer más
Ojalá que las fronteras de todos los países del orbe estuvieran abiertas. No dudo que millones de mexicanos aprovechasen el libre tránsito entre naciones para abandonar un territorio que cada día se siente más hostil y violento. Sobre todo para proteger a sus familias, para ofrecerles un futuro menos trágico y calamitoso.
Los efectos de una diáspora masiva serían devastadores para las élites político-económicas y los criminales organizados. Se quedarían sin mano de obra, sin clientelas qué pastorear, sin víctimas qué expoliar. Imaginemos el Distrito Federal vacío como un desierto portentoso, cuya soledad no tardaría en arruinar a los gestores de la ignominia.
Supongamos un Monterrey solitario, sin hornos qué encender, sin chimeneas humeantes, sin bebedores de cerveza, sin fanáticos del futbol, sin bullicio estudiantil, sin conductores para extorsionar, sin personal que atienda los hoteles lujosos y los restaurantes de cinco estrellas, sin empleados bancarios, sin alimentos qué procesar industrialmente. Sin alegría ni brillo, pero eso sí con un sol asesino dispuesto a vengar a los mártires caídos.
Mal que bien, los ciudadanos han hecho lo que han podido para que el país no naufrague. Pero el sistema está diseñado para que los réditos sean ingentes y la distribución de los beneficios sea extremadamente desigual. Los millones de desamparados, cuya suerte está echada desde tiempos inmemoriales, son la reserva y amenaza para aquellos que osan levantar la voz y disentir respecto de la situación depredadora que padecen cotidianamente: bajos salarios, servicios gubernamentales impresentables, instituciones cooptadas por los poderosos.
En qué país medianamente decente el Estado persiste en la conducta de monopolizar actividades que no puede financiar ni administrar. Hospitales, escuelas, empresas paraestatales, administración tributaria, transporte, vigilancia medioambiental, seguridad pública son algunas de las entidades y ámbitos gubernamentales en los que el desastre es mayúsculo.
¿Ineficiencia? No, desde hace muchos sexenios la retórica de la modernización intenta convencernos de que cada ciclo es el mejor de los mundos posibles. Cada cacique del sistema se encarga de machacarnos diariamente con una propaganda tan cara como fútil para persuadirnos de que lo suyo ha sido un apostolado por el bien del prójimo. Pobrecillos, negras se las han de ver con las necedades de nuestra incomprensión.
La izquierda partidista estaba embriagada con el festín de los dineros y de las posiciones, hasta que un día despertó y vio que el dinosaurio también era zurdo. Iguala es el emblema de este amargo destino para los emancipadores de ayer, su alcalde victimó a casi un medio centenar de estudiantes normalistas sin que le temblara la mano izquierda. Asesinó a chavales pobres, mientras tanto la nomenclatura cantinflea. Ahora, ¿quién podrá salvarnos?
Imagen Zacatecas – Miguel G. Ochoa Santos