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24 de septiembre

24 de septiembre
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Huberto Meléndez Martínez.

*Dedicado a la niña Agnes Felicia Medina López, quien algún día comprenderá los méritos de su abuelita.

Juan no podía jugar como los demás niños de su edad; tenía cuatro años y estaba destinado a permanecer en su silla de ruedas mientras todos corrían tras la pelota, brincaban y jugaban por instrucciones de la maestra de Educación Física.

Al iniciar el ciclo escolar era muy callado, introvertido, serio y, conforme fue pasando el tiempo empezó a socializar, dado el ambiente grato que se constituye entre niñas y niños de esa edad, con una conducción adecuada de la profesora del grupo.

Mostraba alegría al ver a sus condiscípulos contentos en el patio, haciendo las dinámicas de la clase de deportes. La docente tuvo comunicación con su médico, convencida de que debía haber alguna para que el chiquillo tuviera una participación activa en sus clases. Sabía que podía hacer mucho para superar aquella limitación del infante al tener sus extremidades inertes desde su nacimiento por padecer columna bípeda congénita.

Esa coordinación eficiente que logran las personas en los diversos equipos escolares tuvo frutos generosos. Para que le permitiera tocarlo, tuvo que implementar los ejercicios recomendados por el médico que lo atendía y se los aplicaba al término de la jornada. Fue un proceso largo, pero días después generó confianza hasta conseguir cargarlo en los brazos.

Representó para él una gran fortuna poder asistir a la escuela, donde siempre recibió muestras de apoyo. Su mamá lo dejaba con la tranquilidad de contar con las atenciones de aquella comunidad educativa. La educadora se hacía cargo de trasladarlo a los diferentes espacios del plantel, pero pronto sus compañeros pudieron turnarse para ayudar.

En una Dependencia de apoyo a las familias en condición parecida, le habían regalado una silla de ruedas, pues el salario del papá en oficio de albañil era mínimo e insuficiente para una inversión tan costosa.

Cierto día, la profesora Lili tuvo una idea genial. Mandó hacer un arnés con tela muy fuerte (lona), se lo puso de manera que fue posible cargar al niño colocándolo al frente suyo y permitiendo al discípulo mirar hacia adelante. Conmovió “hasta los huesos” la sorpresa del pupilo quien, al voltear a ver hacia abajo, eufórico exclamó: “tengo pies, y piernas, ¡puedo caminar!”.

Ese día, a través de sus ojos descubrió un mundo diferente. ¡Qué distinto era verlo desde arriba y la sensación de su cuerpo al desplazarse percibiendo en todo su ser la resonancia de aquellas piernas cuando daba un paso y otro!. Era emocionante apreciar todo de frente, voltear hacia arriba, a los lados y experimentar el vértigo de mirar hacia abajo.

La mentora implementó una estrategia: El alumno manipulaba el invento y en los desplazamientos indicaba con las manos la dirección a seguir. Sus compañeritos buscaban hacer pareja con él turnándose, porque todos querían participar.

El alto sentido de responsabilidad, el profesionalismo, ingenio y creatividad permitieron a aquel niño sentirse parte de la comunidad y del mundo que antes lo excluía.

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