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26 de septiembre

26 de septiembre

El pan de vida

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Sigifredo Noriega Barceló.

Experimento sentimientos encontrados en estas vacaciones. Por una parte, la tristeza por las familias que sufren las consecuencias de las violencias en nuestros días y las secuelas emocionales, morales, laborales de la pandemia. Por otra, la compasión solidaria de tanta gente que manifiesta su cercanía con quienes sufren y la preocupación activa por buscar caminos de reconciliación y de paz. Bendito Dios, todavía tenemos un gran capital de solidaridad en el alma religiosa de nuestra gente.

La primera reacción que brota de los labios secos y los ojos llorosos de la gente que sufre directamente es un grito de desconcierto, impotencia, coraje, dolor… y esperanza. ¿Por qué sucede todo esto? ¿En qué momento descuidamos la siembra y el cultivo de valores éticos, morales y religiosos? ¿Qué podemos sembrar, promover, cultivar? El alma humana grita orando: ¡Señor, ten piedad de nosotros! Danos la paz del corazón para que sepamos vivir como hermanos.

Al mirar al Cristo crucificado que nuestra gente celebra y venera con tanta fe, miro sus rostros dolidos y la historia de sus sufrimientos. De la Cruz del Redentor nos llega el consuelo y la esperanza de seguir mirando con amor nuestro futuro y de no perder la fe en las posibilidades del amor que se hace reconciliación y paz.

La Palabra del domingo pasado es contundente: Jesucristo ha venido a saciar el hambre más profunda que hay en el ser humano en cualquier circunstancia. Creer en Él es abrazarnos a su cruz en momentos luminosos y, con más razón, en los misterios dolorosos de la vida. Seguirle es aceptar el don que el Padre nos da todos los días en Él: “Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre”. Creer en Jesús es aceptar su palabra también cuando caminamos por valles oscuros.

Señor, te necesitamos hoy más que nunca, podemos orar confiadamente. En la cultura de nuestro tiempo caemos fácilmente en la tentación de no necesitar a Dios para nada, o de hacernos un Dios a nuestra imagen y semejanza. A veces nos mantenemos en un terreno superficial de necesidades básicas que la sociedad de consumo puede colmar con un poco de dinero. Pero, ¿qué pasa cuando aparece la necesidad de plantearnos el sentido del sufrimiento, de la muerte, del amor, de la vida? Solamente la fe en Jesucristo puede abrir y mantener libre la ruta de la esperanza.

Un Dios a medida de nuestros gustos puede satisfacernos momentáneamente pero no es el Dios verdadero que Jesús nos ha revelado. Dios prepara para nosotros el pan para nuestra hambre y el vino para nuestra sed: Cristo Jesús es el alimento, el pan vivo bajado del cielo. Todos los demás alimentos quitan el hambre un rato y dejan vacío el corazón.

No nos vendría mal orar y rezar, en cualquier circunstancia de la vida: “Señor, danos siempre de ese pan”.

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