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Sputnik V

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Antonio Sánchez González

   |  5 febrero, 2021

Antonio Sánchez González.

Las vacunas contra Covid-19 no deberían tener pasaporte y su interés no debe estar mediado por consideraciones ideológicas. Sobre todo, cuando se está en medio de una campaña de vacunación que es un fiasco. Esta es la respuesta de buena parte del mundo a la repentina reaparición de un recién llegado a la escena farmacéutica, Sputnik V, la llevada y traída vacuna rusa cuyo informe preliminar de eficacia -91.6%- y seguridad acaba de ser publicado por la prestigiada revista científica británica The Lancet.

Mientras que, en México, el 25 de enero el presidente anunció el acuerdo a través de una llamada para comprar 24 millones de dosis, en el mundo civilizado Angela Merkel fue la primera en abrir la puerta al forastero ruso. “Todas las vacunas autorizadas serán bienvenidas”, dijo la canciller alemana, que incluso ayudó a Moscú en el proceso de aprobación en el órgano regulador europeo y el Instituto Gamaleya, que está desarrollando la Sputnik V, ahora colabora con el laboratorio alemán IDT.

El mismo tono en Francia, donde Emmanuel Macron expresó interés por la solución rusa, “una vez que haya sido aprobada por la Agencia Europea de Medicamentos”. “Las vacunas no tienen nacionalidad. Lo importante es tener una que funcione”, dijo el Ministro de Relaciones Exteriores francés. La Unión Europea abrió sus puertas: “Si los productores rusos y chinos muestran sus archivos, todos sus datos…, entonces podrían tener una autorización de comercialización condicional como las demás”, confirmó la médica Úrsula von der Leyen, presidenta de la Comisión.

En la carrera de las vacunas, la Sputnik V, que durante mucho tiempo no fue tomada en serio porque su lanzamiento se hizo antes de que se llevaran a cabo ensayos clínicos masivos, toma venganza. Incluso superó a su homólogo chino, considerado mucho menos eficaz.

Se trata de una decisión científica, no política”, dijo Macron. Esto será cierto para las instituciones europeas, pero no para Rusia que mira su vacuna como instrumento de influencia política y un arma ideológica. El nombre, Sputnik, se refiere a una de las grandísimas victorias soviéticas sobre Estados Unidos durante la Guerra Fría. Una hazaña tecnológica por parte de la URSS, que tomó a los estadounidenses por sorpresa.

Vladimir Putin ha trabajado incansablemente por regresar a Rusia a la escena internacional y la vacuna, que fue la primera en la línea de salida en agosto, cuando no tuvo éxito, da un golpe de autoridad del país. Es como una venganza contra los Estados Unidos, vencedores de la Guerra Fría y contra las democracias occidentales. La “V” en el nombre de la vacuna es la de la victoria. Desde el lanzamiento de las fuerzas científicas del país en este desafío, Putin ha repetido que Sputnik V es “la mejor vacuna del mundo“.

La naturaleza política de la vacuna rusa también se puede ver en su distribución geográfica. Primero penetró en las áreas de influencia del Kremlin, Bielorrusia y Kazajstán, las antiguas repúblicas soviéticas que permanecieron cerca de Moscú. Luego se proporcionó a países amigos como Irán, Venezuela, Argentina, Argelia o Serbia, e incluso a la Hungría de Viktor Orban. A diez dólares la dosis, debe decirse también que ya la están vendiendo a todos los que tengan urgencias -políticas-, no probando.

En el caso mexicano, López-Gatell, a quienes muchos daban por (políticamente) muerto y enterrado por el ya absolutamente injustificable absurdo manejo del fenómeno en nuestro país, fue a Argentina y regresó con la (su) solución debajo del brazo: los datos argentinos de eficacia y seguridad del uso de la Sputnik V; luego, la llamada del 25 de enero y la aprobación exprés para su uso en México. Lo demás parece historia política que ya se puede escribir.

La urgencia, es indiscutible, es vacunar. Y no importa de qué color sea la aguja.

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