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El Día del Señor
Señor: Aumenta nuestra fe
Fernando Mario Chávez Ruvalcaba 01-10-2016 23:10 hrs

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Liga Corta




Cortesía /

Introducción

Nuestra homilía de este día, intenta recoger, del evangelio de San Lucas, la súplica sincera y ferviente que los discípulos de Jesús le hicieron, en su momento: “¡Señor: aumenta nuestra fe!”.

Y hoy, en nuestros días, después de más de 2 mil años, esta petición se hace verdadero clamor que suele brotar de nuestras almas, con sinceridad en medio de nuestras duras pruebas, desde el fondo de los corazones, y ante las tribulaciones de nuestro mundo actual, tan lleno de cosas buenas y bellas, pero también de muchas maldades y crímenes: causa de penas y tribulaciones  que nos afligen y nos hacen llorar.

Vivimos en nuestras culturas a lo largo y ancho de nuestra tierra, un verdadero cambio de época, en el cual, todo se cuestiona y se critica, muchas veces de manera negativa y violenta: nuestras sanas tradiciones, principios de verdad, bien y comunión que nos hermana, en nuestro seguimiento de Cristo y en oposición a muchos modos de vivir e interpretar nuestra existencia, ya no de acuerdo al evangelio como buena nueva de Cristo, quien nos proclama la llegada constante de su reino de amor, fraternidad, paz y concordia, para todos los hombres, quienes convertidos a su persona, como verdadero Dios y hombre y a su mensaje, quieran seguirlo por amor y libremente ante los desafíos o retos, que caracterizan esta etapa de nuestra historia de salvación, más allá de las ideologías y diversas maneras de interpretar y vivir nuestro paso por este planeta, “Casa de todos”, como nos enseña y recuerda el Papa Francisco.

Hagamos pues, muy nuestra la petición de los primeros seguidores y discípulos del señor: “¡Aumenta nuestra fe!”.

Nuestra fe cristiana y sus contenidos 

En primer lugar, la fe es un don gratuito del Espíritu Santo, que Cristo y por voluntad de su padre eterno, nos regalan desde el día de nuestro bautismo. Junto con esta fe, recibimos también los dones de la esperanza y del amor a Dios y a nuestros prójimos.

Estas virtudes teologales son el sólido fundamento de nuestro ser de cristianos en la Iglesia y en el mundo de todos los pueblos llamados a pertenecer al reino de Dios proclamado, ayer, hoy, mañana y para siempre por nuestro señor Jesucristo.

La Carta a los hebreos define dinámicamente nuestra fe cristiana: “La fe es garantía de lo que se espera; la prueba de las realidades que no se ven. Por ella fueron alabados nuestros mayores” y continúa el texto hablándonos de los padres de nuestra fe en el desarrollo de la historia de la salvación (Hebr. 11, 1 y ss.).

A esta fe se refieren las lecturas de hoy: El profeta Habacuc  (605 – 600 A. C.) nos dice, que el malvado sucumbirá sin remedio y que el justo en cambio, vivirá por su fe; San Pablo en su 2ª.

Carta a Timoteo le pide: Conforma tu predicación a la sólida doctrina que recibiste de mí acerca de la fe y el amor que tienen su fundamento en Cristo Jesús. Y en el evangelio los discípulos de Jesús le piden que aumente su fe en él y en su mensaje.

La fe significa confianza, obediencia y entrega total al designio salvador de Dios. Pero sobre todo, es encuentro con la persona de Jesucristo quien revela la palabra del Padre, a la cual debemos dar respuesta con palabras, pensamientos y obras.

También la fe es un don gratuito del Espíritu Santo para realizar la total entrega del hombre a Dios. Esta entrega se realiza con las obras, porque sin ellas la fe estaría muerta, de acuerdo a las enseñanzas del apóstol Santiago, quien nos dice que probemos nuestra fe con las obras.

Los cristianos debemos vivir nuestra fe en el despliegue del servicio a Dios, en primer lugar y luego a los hermanos, pensando siempre en ayudar y servir efectivamente a todo aquel que sufre desamparo, enfermedad, soledad y abandono.

En este sentido, la fe nos descubre que nuestro servicio a los hermanos es también en ellos servicio al mismo Dios. Es la enseñanza y testimonio del gran apóstol de los pobres, enfermos y desamparados de San Vicente de Paúl (1581-1660) a quien hemos recordado estos días en nuestra liturgia eucarística.

Otra santa canonizada recientemente por el Papa Francisco, es Santa Teresa de Calcuta, quien nos ha enseñado y marcado el camino para servir con grandísimo amor y gozo a los más pobres, viendo en ellos los sufrimientos del mismo Jesús.

Conclusión

El salmo interleccional de este domingo, nos inculca: “¡Señor, que no seamos sordos a tu voz”!. Y también nos hace pedir a Dios que no endurezcamos nuestro corazón.

Esto quiere decir que estemos abiertos con fe viva y renovada para dar nuestro testimonio, realización de nuestra fe a lo largo de nuestra vida con todas las acciones y obras que hacen brillar nuestra fe, unidos por ella a la voluntad divina por el sendero de la entrega decidida y alegre de nuestra comunión con Jesucristo y por él, con él y en él, dar gloria al padre celeste con la asistencia continua del Espíritu Santo. De esta manera estaremos construyendo la civilización del amor con carácter universal, verdadero y auténtico para que el mundo crea que Cristo vive en medio de nosotros y actúa a través de nosotros, como buenos discípulos suyos en la Iglesia y en el mundo…
 
*Obispo emérito de Zacatecas