×
×
×


Búsqueda


Introduzca su búsqueda



¿Está usted pasado de peso?

Ochos en el piso de la soledad
Ramón López Velarde y Amado Nervo
Salvador Lira 29-05-2016 23:59 hrs

Compartir

×


Compartir



Liga Corta




Archivo / Amado Nervo, poeta mexicano de quien en 3 años se cumplirá el centenario de su muerte.
Dos poetas en generaciones contiguas, gozan de identificación en la poesía mexicana al traspasar los siglos 19-20: Amado Nervo y Ramón López Velarde. Receptores del Decadentismo, fueron intérpretes del alejandrino, la muerte y el delirio. 

En sus coincidencias se encuentran sus pretensiones poéticas específicas.

A la muerte de Amador Nervo, el 24 de mayo de 1919, el poeta jerezano escribió un ensayo crítico a manera de elegía. 

En otras disertaciones poéticas, López Velarde le había llamado el de “las estrofas, hechas de lunas” o el de “los versos de sutil y amable psicología”. Entonces se veía un reconocimiento afable al nayarita.

El texto in memoriam es La magia de Nervo. López Velarde narra en primer lugar la forma en que conoce la noticia de la muerte del poeta. 

Ahí se muestra la diferencia entre dos edades, que si bien unidas por una época y sentido, son disímiles por pretensiones y poéticas personales, entre los avatares de nuevos sentidos. 

Son 18 años de diferencia y apenas dos en muerte, uno en ocaso el otro en su plena Zozobra latiente. El jerezano argumenta:

Aún vivía él cuando me tentaba el deseo de formular mi discernimiento de su labor de los últimos años. Me abstuve, empero, por no lastimarlo en su carne mortal. Hoy, si me escucha, me entenderá, viendo en las
salvedades de mi individual sentir la honradez de mi alabanza.

La postura no es gratuita, pues la lectura que hace es de otra manera de entender la poesía, más dialógica, especulativa y ante todo transgresora contra la impostura. 

Ahí la diferencia. En ambos la melodía y virtud melódica, la distinción el sentido. El jerezano indica:

Creo que de la confusión de estas normas surgieron sus renglones postreros, sin la carne mágica y sin el pecado sideral. «En paz», «El día que me quieras», «Si tú me dices ven» son, ciertamente, egregios
poemas, pero en ninguno de ellos se especula. Fulge en ellos la entereza del poeta […].

En sus coincidencias están sus discrepancias. La muerte, el final y los versos alejandrinos en ambos poetas se escuchan. “En Paz”, el sentido es de un final que explica, no intercambia el sentido o desvelo de su ser:


“Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, vida,
porque nunca me diste ni esperanza fallida,
ni trabajos injustos, ni pena inmerecida;
[…]
Amé, fui amado, el sol acarició mi faz.
¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!

Si en La sangre devota gran parte de los alejandrinos son para curar las fauces lóbregas del apetito
provinciano, en Zozobra, “tus dientes” u “hormigas” son alejandrinos entre la carne, el hambre y la sed, que obran tras la muerte, que aún está en deuda.




*Escritor e investigador