

El Cerro de Proaño y la hacienda de beneficio.
Debido a los relámpagos, los niños que estaban solos en casa comenzaron a llorar y escucharon ruidos afuera de su casa.
Historias fantásticas, de seres míticos y sucesos sobrenaturales hacen eco en la historia de los pueblos.
Las leyendas se han convertido en un modo de conservar la historia y tradiciones.
En la Escuela Primaria Anexa a la Normal convocaron a un concurso de leyendas y la ganadora fue la niña Danna Paola Ávila Muñoz con la leyenda Lamento en la tormenta.
La leyenda
Había una vez una familia muy humilde que vivía en las orillas de la ciudad de Fresnillo, Zacatecas, donde ahora se encuentra la colonia Minera; frente a la casa se puede ver a lo lejos la mina Proaño.
Francisco, el padre de familia, al ver que vivían en una pobreza extrema y que de la venta de sus animalitos ya no podían vivir, pues tenía cuatro hijos, de uno, 3, 5 y 7 años decide pedir trabajo en la mina.
La familia se emocionó y pensó que su vida mejoraría; cada día su esposa Juana y sus hijos le llevaban lonche; atravesaban la carretera que ahora es la calzada Proaño y pasaban por en medio del monte, que estaba lleno de hoyos derivado de las excavaciones de la mina.
Los niños, siempre con mucho cuidado y pegaditos a su mamá caminaban, mientras su papá comía ellos corrían y reían muy felices, luego regresaban a casa a esperar que su padre llegara del trabajo.
Entre infancias alegres y esperanzas de una vida mejor transcurrían sus días; sin embargo, un día una tormenta con granizo azotó a Fresnillo.
Para no arriesgar a sus hijos, la esposa decide ir sola a llevar el lonche y deja a sus pequeños solos para no exponerlos a la tempestad y enfermarlos.
A toda prisa, la mujer sale de casa luchando contra el aire y la tempestad que deba miedo, porque no quería que su esposo se quedara sin comer.
Al llegar a la mina, él se mostró sorprendido de ver a Juana y le pregunta qué hace en el lugar y le dice que hubiera entendido si no le hubiera llevado lonche, debido al clima y le pregunta dónde dejó a los niños.
Juana responde que los niños los ha dejado en casa y que se regresa para cuidarlos, luego le da un beso y se despiden.
Debido a los relámpagos, los niños que estaban solos en casa comenzaron a llorar y escucharon ruidos afuera de su casa; al asomarse vieron con terror como criaturas con ojos rojos enfurecidos y enormes dientes trataban de entrar a su vivienda.
Los niños se unieron para tratar de cerrar la puerta, pero sus pequeñas manitas no pudieron contra la fuerza de infernales criaturas.
Cuando la mujer llega a casa y ve la puerta abierta se asusta, pero nunca esperó lo que vio: partes de los cuerpos de sus hijos destrozados por todas partes y enloquece y de dolor y se va corriendo a donde está su esposo.
¡Francisco! grita la mujer desesperada, pero en su carrera cayó en uno de los tiros de mina y murió.
Su esposo, al llegar a su casa ve la escena y no puede creer lo que pasó, así que decide colgarse de uno de los postes, pues su corazón no soportó haber perdido a toda su familia.
Desde ese día y cada que llueve, a la medianoche al pasar por la calzada Proaño se escucha a lo lejos el lamento ¡Ay mis hijos!.