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Volver a intentarlo

Volver a intentarlo

Huberto Meléndez Martínez

   |  12 noviembre, 2019

Volver a intentarlo

A Gloria Rita, Blanca, Norma (QEPD), Esthela, Lidia, Angelita, Jesús, Ismael, Jaime, Elías, Genaro… mis primeros exalumnos.

El rostro con la mirada al piso, el semblante triste, las angustia oprimiendo el pecho y atorándose en la garganta. No había sitio dónde esconder las manos y la estancia era desesperantemente incómoda para ocultar la turbación que experimentaba aquella joven, al cambiar de tema en la conversación sostenida con su profesor de educación secundaria.

Minutos antes la charla era amena, con la presencia de otros condiscípulos, los cuales estaban contentos por haber regresado a casa a disfrutar de las vacaciones de verano, luego de concluir el segundo semestre del bachillerato.

Hacía casi un año de haberse graduado de secundaria y con grandes ilusiones emigraron a diversas ciudades del norte del país, encontrando alojamiento con familiares o conocidos. Ninguno tenía posibilidades económicas para pagar gastos de asistencia y hospedaje. Eran la primera generación de aquella escuela y quedaba asignada en automático, la gran responsabilidad de abrir camino para las sucesivas.

Estuvieron platicando alegres con un maestro, sobre la enorme cantidad de experiencias adquiridas en un hogar distinto. Las costumbres de las familias eran muy diferentes a las propias. Sólo conocían la vida y el mundo a través de esos primeros años en su comunidad; empezaban a percatarse de su complejidad. Comentaron que las comidas eran distintas (preparación, condimento, combinaciones, entre otras); intercambiaron los modismos del lenguaje, sobre la forma de vida citadina y la procedencia de sus compañeros de estudios oriundos de otras regiones.

Con sinceridad comentaron sobre la admiración o descubrimiento del acelerado ritmo de vida en el medio urbano; con cierta timidez hablaron sobre los desequilibrios de su sistema digestivo, atribuible al tipo de agua de aquellos lugares.

Luego pasaron a los temas académicos, desde las asignaturas, la personalidad de sus nuevos maestros, el tipo de escuela, las tareas, los exámenes, las calificaciones…

Por atender diversas actividades propias de la hora fueron retirándose y al final sólo quedó una joven, cuya familia le invitaba con frecuencia a compartir la cena. Pero esta vez el motivo de su presencia no fue para tomar alimentos, el tema era otro y de real importancia.

Quizá sacó fuerzas de flaqueza para animarse a decirle sobre los desafortunados resultados en sus exámenes finales. El mentor, intentando persuadirle en continuar en el intento le explicó sobre las limitaciones involuntarias que la mayoría de sus compañeros llevaba. Recomendó tener más acercamiento con otros jóvenes para estudiar juntos, exponer sus dudas a los catedráticos en clase, buscar asesoría adicional. Refirió el ejemplo de la pequeña hermanita cuando aprendía a caminar; en cada caída se quedaba llorando un momento, luego se levantaban para volver a intentarlo una y otra vez. Cada tropiezo, fracaso, desencuentro, crisis debe convertirse en  una fuente de aprendizaje.

Aquella situación, aunada a su precariedad económica, le retendría ahí, viéndose obligada a abandonar sus estudios.

Sobreponerse y vencer la fuerza ancestral para cambiar una forma de vida, constituye el mayor mérito de quienes logran conseguirlo.

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