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Antonio Sánchez González

   |  24 enero, 2020

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“¿Por qué quieres trabajar como médico?”, me pregunté recientemente. No me había hecho esa pregunta en años. No era necesario. La primera vez fue hace muchos años y seguro me respondí con ignorancia e inocencia. Después, fue la primera pregunta en mi entrevista para la escuela de medicina. Fue un tiempo de esperanza, de promesas, pero también de gran incertidumbre. Una carrera estaba por delante de mí.

Es apropiado que uno se lo pregunte, aunque hayan pasado años y se responda a esa pregunta de nuevo, sobre todo cuando hay sobresaltos sociales o personales. En este último caso la respuesta fue rápida y sorprendentemente simple: “Ser médico, amigo mío, es todo acerca de la gente”. Ser médico significa que conoces a diferentes tipos de personas, todo el día, todos los días.

Año tras año, a través de mi carrera en medicina, a menudo me pregunto si todavía me siento como un médico. A veces, en el carrusel monótono de la consulta cotidiana, llenando solicitudes y escribiendo notas en expedientes, siento una sensación de traición al “Dr.” en mi título y los años de entrenamiento que he tenido. Podría pasar días diagnosticando, prescribiendo y recetando pacientes sin tomarme tiempo con ellos para hablar solamente de sus molestias.

Algunos de mis recuerdos más entrañables son de colegas del inicio de mi entrenamiento con los que competí antes, durante y después de mis guardias. Hay recuerdos del año del internado con quienes compartí la cena que cocinaba mi mujer a la mitad de la noche de otra guardia. Están los recuerdos de la enfermera que me ayudó a cambiarnos de casa o que me hacía reír a costillas de otro residente. Hay los recuerdos de los profesores que me enseñaron las complejidades de la fisiología torácica y las decisiones que hubo que tomar a media cirugía a pecho abierto y luego están los otros, los que simplemente te dicen si hiciste bien o no el trabajo. Están los recuerdos de los camilleros que te hacen un campo cuando empujas una silla de ruedas por la rampa mientras empujan una camilla hacia atrás y la de las personas que recibían a los pacientes y te entregaban un montón de expedientes. Estas son las historias de personas que siempre me traen un recuerdo a la memoria.
Irónicamente, son los momentos en que no hago nada médica y científicamente beneficioso para mis pacientes, sino que me siento y tengo una charla con ellos que más me siento como su doctor. Me recuerda por qué soy médico y pone todo lo que hago en perspectiva. Pone una cara al paciente, una persona real a los números y a las imágenes de las radiografías y a los trazos en un papel y un sufrimiento real al dolor, la preocupación y la enfermedad. Son esos momentos en los que siento la responsabilidad que tenemos como médicos de cuidar a quienes han depositado la máxima confianza en nosotros en su momento más vulnerable.

Como médico, me siento afortunado de estar rodeado de gente todos los días. Existe un estudio, médico, que analizó la salud y la sobrevida de los becarios de Harvard, el estudio más largo sobre la vida humana, que concluyó que la conexión interpersonal es crucial para una vida feliz. Ser médico te permite ese inmenso privilegio de hacer un vínculo con personas, de formas que sólo los amigos y familiares más cercanos de los médicos pueden comprender. Es algo tan humano con lo que todos y cada uno de nosotros podemos relacionarnos. Innumerables veces durante mi carrera como médico he oído a colegas queriendo dejar la profesión y sin duda lo seguiré escuchando por el resto de mi vida. Luego, miro a mi alrededor, y es por la gente que conozco todos los días que me dan ganas de seguir en esto.

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