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26 de septiembre

26 de septiembre
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Huberto Meléndez Martínez.

*Dedicado a la familia Martínez Barrientos, con cariño especial.

Sentados entre las peñas del “Cerrito de la Cruz”, el muchacho escogió una pequeña, a fin de provocar que su cuerpo quedara un poco más cerca del suelo y poder doblar las rodillas, para esconder los zapatos que calzaba ese día. Le apenaba el tamaño, porque eran de su padre. Tenía casi una semana utilizándolos porque los propios quedaron inservibles, pues se acabaron simultáneamente al ciclo escolar.

El papá traía los que utilizaba en la mina y dejó a su hijo los de dominguear.

También “estaban en las últimas”, aunque la parte superior se veía en buenas condiciones, debido a que la prima Estéfana le había obsequiado un aplicador con poca cera líquida y temprano los había lustrado. Pero la suela era ingrata con su delgadez porque dejaba pasar la aspereza de las piedras del camino.

Esa mañana su madre informó que el primo estudiante, estaba de vacaciones y quería verlo, conforme a la costumbre de otros tiempos en los que se reunían los fines de semana.

De él había aprendido a mejorar la calidad de la letra, influyó en priorizar sus actividades poniendo por encima la pasión en los aprendizajes escolares.

Platicaban sobre sus estudios (aprendió a conjugar los primeros verbos en inglés), jugaban béisbol, escuchaban las canciones de moda, viajaban en los escenarios de los libros que ponía a su alcance, trabajaban juntos en actividades que sus padres asignaban en la parcela y disfrutaban la recapitulación de películas vistas juntos en el cine.

Aquellas relación de convivencia fue interrumpida porque el joven tuvo que ir a radicar en “La Sultana del Norte” al concluir la Secundaria. Era el primer descendiente de la familia Martínez que cursaría una carrera, convirtiéndose en ejemplo de la parentela menor.

Esos primeros días de vacaciones evitaba salir de casa porque le avergonzaba andar con esos cacles de unos cuatro números más grandes a su medida, pero pudo más el entusiasmo de encontrarse para enterarse de las novedades que llegarían de la ciudad a través del hijo de la tía Cruz y el tío Manuel.

Al llegar dudó de la reacción del primo al verlo con ese calzado, pero el muchacho fue discreto simulando no haber advertido la situación y ello disminuyó los sentimientos de introversión del niño. El afecto y solidaridad amainó la sensación de pobreza.

Al regreso venía fortalecido por la charla en la que conoció los tipos de vida en la ciudad, soñando con algún día conocerla por experiencia propia. Hasta dejó de molestarle el barretón del zapato en el tendón de Aquiles que, por haberse apretado demasiado las agujetas (para evitar que se le salieran). A medio camino se detuvo a ver la escoriación sangrante. Tomó un pedazo de periódico, lo dobló varias veces, para colocarlo debajo del talón y aumentar la altura del pie , evitando mayor rozadura.

Todo era soportable por las ilusiones sembradas en sus planes futuros.

*Director de Educación Básica Federalizada

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