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Intuitiva sabiduría materna

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Humberto Meléndez Martínez.

En homenaje póstumo a Doña Agustina Arvizu Córdoba y Don Domingo Rodríguez Segura.

“Mamá; ¿Cómo fue que hicieron usted y papá para criarnos, conseguir que los 10 hijos tuviéramos escolaridad, si apenas pudieron cursar primer grado de primaria?”, preguntó el séptimo hijo quien, siempre había estado intrigado en conocer el porqué de las cosas.

Tal vez su inquietud se debía a que era docente en educación secundaria y haber estudiado la Normal Superior, Maestría y Doctorado en Educación, en ninguna de esas instancias había conseguido comprender qué motiva a las personas por la superación escolarizada, a los padres decidirse en encausar a los hijos por el camino de la formación profesional, aspirando a tener un mejor nivel de vida cultural, material, social, intelectual…

La madre escuchó la pregunta, haciendo una mueca de incredulidad ante el cuestionamiento del hijo, guardó la respuesta. Quizá consideró que era una cuestión demasiado ingenua.

El padre había emigrado del semidesierto potosino y ahora trabajaba en el jornal, ocupándose en diversas actividades conforme a las oportunidades que aquella gran ciudad del norte del país podía ofrecer, desarrollando gradualmente habilidades en la tapicería y decoración de interiores. Literalmente todo el día estaba fuera de la casa soportando hambre, el intenso calor del verano y el extremoso frío de la temporada invernal. Con múltiples sacrificios habían logrado conseguir un pequeño terreno en las inmediaciones de la colonia más brava de la ciudad, separados por un gran río, del Centro Histórico de aquella pujante urbe.

Ante las severas limitaciones materiales los muchachos habían tenido que estar en diferentes escuelas hasta lograr estabilizarse un poco. Las necesidades propias fueron encaminándolos en la búsqueda de trabajo en sus tiempos libres como albañiles, plomeros, carpinteros, electricistas, donde consiguieron aportar entre todos para la subsistencia del hogar. Ello les sustrajo de influencias negativas.

La madre consiguió una pequeña remuneración económica a cambio de preparar los alimentos de algunos sacerdotes del templo más cercano y eventualmente ocuparse de la limpieza y planchado de su ropa.

“Mira, hijo”, contestó la madre ante un segundo interrogatorio del vástago, meses después de haberla abordado.
“Para criar buenos muchachos yo sólo ocupé sal y pimienta”.

El joven, incrédulo, quedó con la misma inquietud: “¿Qué significa eso?”

Pues la sal debe utilizarse en las dosis adecuadas, como en la preparación de alimentos, que no falte y que no sobre. Eso quiere decir que en la formación de la familia, la sal es el sentido común. La pimienta, lo que le da sabor a los alimentos: es el amor que se les tiene a los hijos. Entonces sólo ocupé sentido común y amor por ustedes”.

Todo hijo admira a su madre. El maestro Domingo Horacio siente un gran orgullo comentar esa anécdota a los tutores de sus alumnos, haciendo honor y homenaje a su progenitora e intentando sensibilizarles, orientarles, proporcionar la atención que requieren ante las múltiples distracciones que presenta la vida.

¿Algo así estará adoleciendo en las familias de la actualidad?

*Director de Educación Básica Federalizada

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