Diversiones distintas

Huberto Meléndez Martínez.
Huberto Meléndez Martínez.

Cambiar la rutina y ambiente en donde vivimos regularmente, puede ser muy interesante y emocionante.

A la tía Teresa y los primos Laredo Meléndez, con gratitud especial.

¿Cómo puede decir que andar en la ciudad es mejor que en el campo? Eventualmente el primo Pablo viajaba a Concepción del Oro, Zac. El pueblo más próximo a su lugar de residencia.

Le gustaba ir al cine y por supuesto que las instalaciones y las películas eran mejores porque allá podían ver alguna, cuando casualmente pasaban los “húngaros” únicamente podían ver la función sentados, quienes portaban su propia silla, los demás se acomodaban en el suelo, el techo del lugar era la bóveda celeste. Acá había construcciones exprofeso con butacas individuales, a resguardo de inclemencias del tiempo.

También le gustaba adquirir alguna historieta de las que estaban de moda como “El Kalimán” o “Memín Pinguín”.. Y por supuesto que había posibilidad de comprar determinadas golosinas que en su lugar de origen no había, pero…

Su primo, de la misma edad prefería ir a visitarlos porque sus tíos tenían un ganado de cabras, tres burros, un par de bueyes con los que labraban la tierra, carreta, perros, gallinas, guajolotes, gatos; en cierta temporada, hasta un panal de abejas.

Jugaban a tallar ixtle de lechuguilla, cortar leña, pizcar maíz, recolectar cabuches, tunas silvestres, limas, piñones o semillas de sangre de grado, según la época del año.

A la hora del almuerzo había huevo de gallina de rancho con frijoles, tortilla, un buen vaso de canela con leche de cabra, queso o requesón elaborado en casa, jamás podía ser mejor que comer huevos de granja, frijoles cocinados en olla de presión, café soluble tortillas hechas con máquina…

El primo no podía entender que era más grato andar entre banquetas, pavimento o empedrado, que ir por veredas serpenteando entre gobernadores, magueyes, arbustos, arroyos y acequias.

¿Despertar con ruido de automóviles o máquinas de la mina? Era mucho más agradable el fresco amanecer con los cantos de los gallos y los pajaritos.

Era cierto que, a veces el ladrar de los perros se prolongaba de madrugada alrededor del corral de las chivas asustando a los coyotes. Éstos habían iniciado su maullar desde el oscurecer anterior.

Durante la época de lluvia buscaban depósitos de agua en los arroyos para meterse a nadar, lo cual no conseguían por no saber hacerlo, ni el espacio era tan grande como para aprender.

Reían divertidos porque al secarse al sol, después de titiritar un rato, los güeros parecían limpios, pero los morenos como él, quedaban con una piel color ceniza, hasta que la tía Tere les obsequiaba un poco de crema y prestaba un peine.

Aunque jamás lograron cazar una codorniz, ave, conejo o liebre con la honda o resortera, el entretenimiento era incomparable

En las tardes, antes de cenar y después de encerrar el ganado escuchaban embelesados diversas canciones al acorde de la guitarra.

Al paso de los años, el lugar para vivir de estos dos primos, se invirtió y cada uno se regocija en su respectiva cotidianidad.

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