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Camino seguro a la fortuna

Camino seguro a la fortuna

Huberto Meléndez Martínez

   |  13 octubre, 2020

Huberto Meléndez Martínez.

“Clávale bien el arado Ramiro, porque aquí vamos a sacar el tesoro. Seguro está por aquí, no allá donde la gente ha buscado mucho”, instruyó al operador el propietario del tractor, quien era un hombre bueno, pacífico, disciplinado.

Estaban abriendo nuevas tierras en un lugar próximo a “La palma de la llorona”, un sitio mítico con una leyenda que motivó a varias personas para hacer excavaciones en busca de un tesoro. Había horadaciones debajo de la palma y varios metros a la redonda. Aprovechando la gran sombra que hacían sus brazos y que estaba por el camino real, durante tiempo prolongado fue utilizada como lugar de descanso. La tradición oral fue acrecentando la fama y las expectativas de los aspirantes a encontrar las riquezas contenidas en el cuento.

Entre la palma y la parcela había un arroyo profundo, infranqueable. Esa razón y por ser propiedad privada, había inhibido considerablemente la incursión de los buscadores.

Fiel a la indicación y confiando en la seriedad del patrón, puso mayor esmero en la faena. Acondicionando un asiento a su espalda en el cual puso a su esposa, donde vigilaría la acción de labranza, imaginando que en algún momento vería brotar entre el surco monedas de oro, cuando el filo del arado rompía las talegas. Serían solventes y formarían parte de la historia como otros que hicieron hallazgos semejantes en diversos tiempos por la región.

Mitos de esta naturaleza proliferan por las comunidades y cierto sector de la población, los cuales, ilusionados utilizan diversos artilugios para localizar metales en el subsuelo con detectores magnéticos, varas de determinadas plantas, piezas ferrosas o cobrizas, hacen deducciones con los datos de las narraciones y se asocian con otros exploradores.

Don Juan había esparcido suficiente semilla de frijol en aquella área, para aprovechar el barbecho. Sembrar “al manteo o al voleo” se denomina ese tipo de labranza.

Vuelta tras vuelta soportaron la jornada larga, el cansancio, sol, polvo, sed y hambre. Concluyeron el día desencantados por la infructuosa y desesperante búsqueda.

Para suerte de los agricultores ese año cayeron abundantes lluvias en la temporada, por lo que hubo muy buena cosecha de frijol, el cual, después de haberse cortado, pareado y encontrado, fueron a comerciarlo a la ciudad. Cuando salieron del establecimiento, el dueño y Don Ramiro, presumiendo en la diestra un fajo de billetes, palmeándolo en la mano izquierda exclamó: “mira, te dije que en esa tierra estaba la fortuna, no son monedas de oro, pero son billetes y si Dios lo permite, este año volvemos a sembrar y obtendremos más dinero”.

El conductor quedó creyendo que había sido una mala broma, pero luego tuvo que reconocer que en verdad  la mejor fuente de riqueza es el trabajo.

Existen personas, familias, pueblos, culturas y países enteros que dan prueba de ello. Trabajan afanosa y tenazmente por muchos años, incluso por generaciones, hasta lograr consolidarse económica y socialmente.

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