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Sigifredo Noriega

   |  17 marzo, 2021

Sigifredo Noriega Barceló.

En estos días especiales de Cuaresma he oído varios comentarios acerca de la situación que vivimos a un año del inicio de la pandemia. Me ha llamado la atención que se hable de una larga “cuaresma” que todavía no se le ve para cuando termine;  también de un prolongado “ayuno” que va perdiendo sentido. Son muchas las cruces y  sacrificios que han aparecido en el camino… La cruz trazada sobre nuestra cabeza el pasado Miércoles de Ceniza nos da la esperanza de que la salvación está en la Cruz del Redentor.

La Buena Noticia que escuchamos este día nos anuncia la relación entre cruz y salvación, dolor y esperanza, vida en el tiempo y vida eterna. Nicodemo le pregunta a Jesús y éste le responde con divina seguridad: “… Así tiene que ser levantado el Hijo del hombre para que todo el que crea en él tenga vida eterna”.  Si Moisés levantó la serpiente en el desierto para que todo el que la viera recuperara la salud, Jesús será levantado en la cruz para salvarnos. Nicodemo tuvo que recorrer el camino de la noche oscura para encontrar la luz de la resurrección. Aceptó el misterio de la cruz, no sin fatiga. En el momento supremo aparecerá recogiendo los restos mortales del Crucificado en la espera de su resurrección.

No es fácil creer en alguien que ha sido condenado a muerte en la cruz. Son comprensibles los ‘peros’ de aquel Nicodemo y las ‘suspicacias’ de los Nicodemos de la cultura digital. Sin embargo, la fe nos asegura que el abajamiento de Dios en la cruz es entrega por amor y nos clarifica que el amor es abajamiento o no es amor. Levantar los ojos hacia la cruz es profesar la fe en Jesús en quien se realiza definitivamente el “tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo único…”

La imagen de Jesús muerto y suspendido en la cruz ha quedado grabada en la memoria de los cristianos. Aprendemos el signo de la cruz desde pequeños y nos acompaña todos los días de la vida. En la jornada final, cuando aparece el túnel oscuro de la muerte, nos abrazamos con más fuerza a la cruz de quien ha vencido a la muerte. Meditar el viacrucis nos da la confianza de la victoria final.  “Miren el árbol de la Cruz, donde estuvo clavado el Salvador del mundo”, cantaremos con solemnidad y gratitud en la liturgia del Viernes Santo.

“La cuaresma es un abajamiento humilde en nuestro interior y hacia los demás…   En este camino, para no perder la dirección, pongámonos ante la cruz de Jesús: es la cátedra silenciosa de Dios” nos ha dicho el Papa Francisco el Miércoles de Ceniza. En quince días iniciamos la Semana Mayor. Nos caerá muy bien volver a mirar al Crucificado. Levantar con humildad la mirada hacia la cruz nos puede ayudar a cargar nuestras cruces con la esperanza de que el amor de Dios nos sana y nos redime.

Los bendigo haciendo la señal de la cruz.

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