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Antonio Sánchez González

   |  14 agosto, 2020

Antonio Sánchez González.

Vladimir Putin, el presidente ruso, anunció el martes pasado que el Instituto de Investigación de Epidemiología y Microbiología de Gamaleya es el primero en la carrera que libra el mundo por obtener la aprobación para una vacuna eficaz contra el nuevo coronavirus que tiene de cabeza a toda la humanidad. El anuncio de la nueva vacuna, llamada Sputnik V en recuerdo del momento de gloria soviético que puso en órbita el primer satélite artificial de la tierra por la antigua Unión Soviética, parece más un buen truco de propaganda nacionalista, útil cuando menos a corto plazo. Todo el orbe espera que la vacuna funcione, pero dado el llamativo lanzamiento de Putin, las incógnitas científicas y la promesa de una rápida distribución, hay motivos de sobra para la preocupación.

Es muy probable que muchas vacunas experimentales fracasen en los periodos de investigaciones o ensayos clínicos; así funcionan la ciencia y la medicina. Junto con la dificultad que implica crear una vacuna y los desafíos de probarla, tener seguridad de su eficacia, fabricarla y distribuirla, es esencial generar y conservar la confianza del público para que suficientes personas acepten vacunarse: para que cuando menos dos tercios de la población del mundo acepten la inoculación y así crear inmunidad colectiva contra el virus. Pero eso hace que sea doblemente importante que la confianza pública no se vea afectada por apresuramientos y errores políticos innecesarios.

La vacuna rusa se ha probado hasta ahora en ensayos con un número muy pequeño de personas; el instituto donde reside la investigación tenía previsto utilizar sólo 38 voluntarios y sus datos no se han publicado. Rusia dijo que, en el próximo paso, la vacuna se experimentará en un número más grande, con unas 2 mil personas. Esta cifra está muy por debajo de lo que exigen las prácticas establecidas por los sistemas sanitarios y reguladores de vacunas de los Estados Unidos y Europa, que para la aprobación de estos agentes biológicos exigen rigurosos ensayos clínicos de fase 3, consistentes en el análisis de resultados en decenas de miles de individuos. Si algo sale mal con la vacuna rusa (incapacidad para bloquear el virus o mitigar los síntomas, o la aparición de efectos secundarios graves), la búsqueda de la gloria de Putin se convertirá en una decepción masiva y de alcance mundial.

La duda sobre la utilidad y seguridad de las vacunas está aumentando en todo el mundo, impulsada en parte por un irresponsable movimiento antivacunas que difunde sospechas y teorías de conspiración, a menudo a través de las redes sociales. En una encuesta realizada por Gallup al final del mes pasado en los Estados Unidos, solo el 65% de los encuestados dijeron que se aplicarían una vacuna contra el coronavirus, mientras que el restante 35% respondió que no; curiosamente, cuando en 1954 se preguntó a los adultos norteamericanos sobre la entonces nueva vacuna contra la polio, solo el 60% dijo que la tomaría, mientras que el 31% se rehusó. En el mundo real, en los Estados Unidos, el 91% de los niños de 19 a 35 meses se vacunan contra el sarampión, las paperas y la rubéola; solamente el 92% se vacuna contra la poliomielitis, una enfermedad devastadora.

Durante los 8 meses que ha durado esta pandemia, hemos visto a varios de los gobernantes del mundo adoptar conductas, decisiones y políticas que no tienen sus bases en la ciencia y el costo en dolor, vidas y dinero todavía no se puede cuantificar. Para tener alguna esperanza de vencer la pandemia, el desarrollo de vacunas debe mantener la confianza del público. Un desliz que genere incluso una oleada de duda podría tener consecuencias catastróficas.

*Médico

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