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Pagaremos caro

Pagaremos caro

Antonio Sánchez González

   |  26 junio, 2020

Antonio Sánchez González.

No es la primera epidemia del mundo, ciertamente no, pero sí es la primera que nos asusta tanto. La gripe asiática de 1957 causó unas 2 millones de muertes y 15 mil (estimación conservadora) en México. La gripe de Hong Kong en 1968 habría causado 1 millón de muertes en todo el mundo y 30 mil muertes en nuestra tierra, incluidas 25 mil en diciembre de 1969, que vimos suceder con total indiferencia. Pensando así, deberíamos revisar nuestra concepción de pandemia más que la pandemia en sí.

Esta pandemia tampoco es la primera relacionada con la globalización; cuando la peste o el cólera golpearon a nuestros antepasados, esas plagas vinieron de lejos. Siglos antes, las enfermedades infecciosas corrieron desde Asia a Europa y lo contrario con facilidad, aunque fuera de manera más lenta que la actual. La Muerte Negra que devastó Francia en 1347 vino de Crimea. El Gran San Antoine, un barco que llevó la peste a Marsella en 1720, llegó de Siria.

Hoy en día, no es la globalización lo que está en juego, sino su confirmación e incluso su generalización. Evidentemente nadie aprendió de la historia y la globalización está a prueba ante este fenómeno para el que no tenemos los medios para remediar: Ante nuestros ojos tenemos a la impotencia como espectáculo.

Los dos posibles caminos ante la epidemia fueron, inicialmente, el de la protección universal o la de la selección natural. La llamada “inmunidad colectiva” es una expresión elegante y mentirosa para la “selección natural”: es dejar que la población capture el virus, que los más débiles mueran y que el diablo se lleve a los rezagados.

De entre los países que adoptaron esta política -el Reino Unido, los Países Bajos y Sueciasólo Suecia sigue con ella. Los demás se han unido al campo de los “proteccionistas”, porque la tesis de la selección natural no es moralmente sostenible, sobre todo porque no sólo dejamos morir a los más débiles, sino que se les deja morir en condiciones dolorosas.

Dicho esto, los diversos países, casi todos los cuales optaron por proteger a su pueblo, no lo hicieron de la misma manera. Un país como Francia, rico pero dotado de un estado omnipotente e impotente (uno generando el otro), no fue capaz, a pesar de un enorme presupuesto dedicado a la salud, de propor ionar las pruebas que habrían permitido la contención dirigida, ni las máscarillas que habrían garantizado la protección de los trabajadores de la salud.

La falta de pruebas y cubrebocas se ha disfrazado como un argumento de su supuesta inutilidad. Es nuestra arrogancia la que nos pierde: al andar por ahí afirmando que tenemos el mejor sistema de salud del mundo, sólo tenemos que oponernos a un virus desconocido y peligroso para desnudar el fervor profesional de nuestros médicos que trabajan desarmados.

Los mexicanos somos bien conocidos por nuestro individualismo, típico de una sociedad donde la civil rara vez se hace sentir y donde el estado dirige hasta los detalles. Pero en una situación trágica, son las cualidades humanas fundamentales las que se destacan. El comportamiento de las personas en tiempos excepcionales es a menudo muy diferente del comportamiento habitual.

Cuando sucede una tragedia, todos nos ponemos de acuerdo en ver acotada parte de nuestra libertad, en aras de conservar nuestros hábitos. La solidaridad es tan natural en los seres humanos como el egoísmo, como han demostrado Aristóteles y Kant. En tiempos trágicos, vemos canallas que trafican en las espaldas de los moribundos, pero también muchas personas que se arriesgan para ayudar a los demás.

Las tragedias revelan las ineptitudes de los períodos normales. Vamos a pagar caro por esta conciencia.

*Médico

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