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La nueva normalidad

La nueva normalidad

Antonio Sánchez González

   |  14 febrero, 2020

Antonio Sanchez González

Antonio Sanchez González

En México, hace cuatro décadas que referirse a los pobres como una prioridad de la república se ha convertido casi en un deporte nacional; el discurso sobre ellos es cada vez más manoseado con fines políticos, con la salvedad de que recientemente se les ve como un fracaso inmerecido por el país, debido al neoliberalismo. Si bien las cifras mexicanas de prevalencia de pobreza empezaron a dispararse desde los setentas, fue en la década de 1980, durante la ardiente presidencia de Carlos Salinas, que por primera vez se cultivó el mito de la búsqueda del bienestar y la solidaridad. Ahora se está llevando a cabo un nuevo ejercicio de utilización política de la condición de miseria de millones de personas de bajos ingresos.

Mientras que, comprensiblemente, los observadores y los ciudadanos nos distraemos diariamente con la tumultuosa Presidencia de López Obrador, el plan presupuestario republicano para este año, salido de la Cámara de Diputados, aparece listo para eviscerar lo que queda de la red de seguridad social de México.

Más allá del discurso presidencial, en los hechos la lista de áreas presupuestales que fueron intervenidas es larga y perturbadora. Incluye planes de vivienda asequibles, salud de las mujeres, capacitación laboral -sustituido por el muy cuestionado programa de los “Jóvenes Construyendo el Futuro”- y beneficios para las personas con enfermedades catastróficas y discapacidad. Con el pretexto de combatir la corrupción, también se afectó a una de las formas de asistencia más fundamentales para los mexicanos más menesterosos: los programas basados en la nutrición.

Casi 2 millones de mexicanos usan bancos de alimentos, aproximadamente 1 de cada 60 personas, y esto incluye a más de 1 millón de niños. En gran parte, esta dependencia de los bancos de alimentos se debe a que los diversos programas gubernamentales nunca han sido suficientes. Diversos autores, recientes y no tanto, aseveran que la idea defendida igual por el presidente López Obrador que antes por los políticos priistas y panistas de que el reparto de dinero público a manos llenas entre quienes no tienen la seguridad de poder comer todos los días sirve para reducir la pobreza no puede ser una realidad y, por consiguiente, una proporción de la población en miseria alimentaria termina siendo recogida por organizaciones benéficas privadas y por los bancos de alimentos. Sin embargo, ante la realidad, la actual política del gobierno de México, basada en recortes sin que medien estudios de impacto ha provocado daños irreparables a una fracción de mexicanos que ya lucha para satisfacer las necesidades más básicas de sus hijos.

El presupuesto fue redactado por la Cámara en una retórica bien aceitada y extremadamente eficaz, a saber, que el culpable de todos los males del país y de cada uno de sus habitantes es el “gasto excesivo” de los gobiernos anteriores, olvidando las políticas de generación de riqueza y publicitando a más no poder iniciativas que pretenden ayudar a pasar el día a los más pobres, los que no pueden percibir que el mismo programa presupuestal les ha condenado a la imposibilidad de salir de su condición de miseria: lo que realmente tenemos es un obsceno “caballo de Troya” que, cuando mucho, logrará que los menesterosos permanezcan en la misma condición y que no mueran de hambre.

Las personas que hacen cola para obtener ayuda en los bancos de alimentos mexicanos expresan una ansiedad común: que esto podría convertirse en la “nueva normalidad”. Hoy, los bancos de alimentos mexicanos forman la segunda red de este tipo en el mundo. Legiones de ciudadanos, entre ellos decenas de miles de niños, dependen de ellos para satisfacer sus necesidades nutricionales básicas. Y es probable que su uso aumente con el impacto de políticas que no privilegian la generación de riqueza y la desigualdad se consolida. Esta es la nueva normalidad.

*Médico

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