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El amor en tiempos de Covid

El amor en tiempos de Covid

Antonio Sánchez González

   |  21 agosto, 2020

Antonio Sánchez González.

Ligereza, el concepto que puede usarse para describir la relación entre hombres y mujeres en el último medio siglo -aunque socavado en la década de 1980 por la dispersión de otro germen, el VIH- podría pasar de moda-. Después de consumir vorazmente el amor como manifestación de una nueva libertad que ninguna generación había conocido, paradójicamente resultante del avance de la medicina presentado en forma de “la píldora”, los hombres y las mujeres despiertan, dolorosamente, de un confinamiento prolongado que los priva de toda esa libertad; durante esta pausa atemporal, para engañar el aburrimiento de la vida cotidiana, solo está la intromisión del fastidioso conteo de los muertos y los casos. Ahora, hombres y mujeres tienen el inconsciente cargado de dos obviedades antes olvidadas: la fragilidad de la vida y la carga que significa la soledad.

¿Soledad? Con la parafernalia virtual pretendimos estar en una fiesta porque, ¿no estábamos rodeados de muchos amigos que siguieron nuestras cuarentenas de forma remota en Instagram y Facebook? Sin embargo, precisamente, este burbujeo virtual mostró sus límites durante el confinamiento. Nunca las redes sociales estuvieron tan activas y nunca como ahora mostraron su vacío, revelando la importancia de la verdadera presencia. La cuarentena ha tenido la virtud de agotar los recursos de lo virtual. Inmersos en las imágenes de nuestro mundo digital, estábamos a punto de confundir lo real con los píxeles y el entusiasmo inicial, después de unas sesiones de Zoom, hizo “pfutt”; el confinamiento tomó un giro depresivo como si las pantallas hicieran más consciente el aislamiento, negado al inicio. Sí, la verdadera presencia, la de la carne y los huesos da a los encuentros un peso completamente diferente al de la animación de las pantallas.

Y es la ausencia de esta presencia lo que se siente con dolor durante el confinamiento, hasta el punto de hacer sufrir incluso a aquellos que prefieren, en tiempos ordinarios, evitar a la sociedad. Sea mi testigo aquel paciente sociofóbica quejándose de “¡esta cuarentena que no se termina!”; incluso ella, que huye del mundo y para quien debería ser un alivio, tiene derecho a una queja: “Me gusta salir, … ver a la gente y sentir su presencia, incluso si huyo de ellos”. Lo que me recuerda otro comentario memorable, recogido poco antes. Es de un bon vivant, recientemente viudo por culpa del coronavirus, poco afecto de la autocompasión; no era un amante de su esposa cuando estaba en este mundo y a veces me confió la molestia que ella le inspiraba. Para su sorpresa, con la viudez se desmoronó: “Como ya no está allí, es difícil regresar a casa y encontrar el silencio y la inmovilidad; ningún objeto se ha movido desde que salí”.

¿Cuántos de nosotros somos conscientes de la suerte de disfrutar de una presencia? Sin embargo, es un bien precioso el que ofrece la animación de la vida a nuestro lado, un bien que todos necesitamos, que incluso mi paciente sociofóbica necesita, y que mi paciente abrumado disfrutó previamente sin darse cuenta -antes de descubrirlo en ausencia-. Esta propiedad es también la que los confinados descubrieron cuando lamentaron no poder reunirse para tomar café en la terraza de una cafetería o para reunirse con familiares o amigos. Como si la deprivación de estos momentos simples pesara más que el cierre de los centros de espectáculos.

¿Qué tienen que ver estas reflexiones con el amor? ¿No hemos olvidado, en él, esta dimensión de la presencia? Una dimensión silenciosa junto al ruidoso deseo.

La cuarentena nos enseñó a sentir ausencias. El Covid nos sensibiliza a la fragilidad de la vida. Antes de la epidemia, soñamos con la eternidad, muchos contaban con que la edad que un ser humano podría alcanzar los cientos de años en el futuro cercano, y este cambio de perspectiva, rehabilita el otro lado del amor arraigado en una presencia.

La muerte toma su lugar con el Covid. Y con ella la vida adquiere una dimensión diferente; para enfrentarla, es mejor buscar un compañero real que uno virtual -un compañero con el que uno se sentirá acompañado y haga que el camino tenga sentido-.

*Médico

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