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Ochos en el piso de la soledad
Poemas políticos de Ramón López Velarde
Salvador Lira 03-10-2016 00:29 hrs

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Fue el periodismo uno de los trabajos que más practicó Ramón López Velarde. La escritura en el autor jerezano era un ejercicio constante.

Su presencia en los medios impresos de la época no sólo fue la de la reseña de libros y autores o la presentación de poemas, que a la postre conformarían La sangre devota y Zozobra. Hay varios textos políticos, publicados en diversos estados del país. 

Ramón López Velarde expuso en ocasiones sus ideas mediante versos. En muchos casos se trató de poemas sátiros, en el que se impone la jocosidad y el desafío, ante un hecho de ocasión.

La idea primordial consistió en establecer una sonata aguda, incisiva y, en las vueltas retóricas del verso, hacer notar una visión en los tiempos cruciales a los que perteneció el jerezano. En algunos de ellos se impone la idea política por la calidad literaria.

En otros, se atisba ya el ejercicio autocrítico. Destáquense tres poemas publicados en La nación. En verso –21 de julio 1912 – se da cuenta de una hipérbole, quizá en el inicio por un vago recuerdo a la nariz de Góngora por Quevedo:
Érase un gobernante
que cifraba su empeño
en usar alpargatas
blusa fabril y gorro chilapeño. 

Para que el populacho
le rindiere alabanza […]. 

Ha también dos sonetos. Un barón –24 de julio de 1912– trata de un poema en el que describe a un exuberante hombre de recargada elegancia. 

Hay en San Luis un célebre barón
que, con su corpulencia aristocrática,
vive con placidez de vida errática,
haciendo un hiperbólico bastón; 

y como lo menea sin ton ni son, 
suele, con atingencia matemática,
dar de leñazos a la gente apática
que va cerca de él sin precaución. 

Es evidente la manera en que formula la imagen que desdeña. A la par, el compromiso de López Velarde por ideales es notorio. El soneto De ultratumba –20 de agosto de 1912– lo prueba. Antes, el poeta había hecho una diatriba por la venta del Panteón de Montecillo por el presidente municipal de San Luis Potosí, el doctor Méndez. 
Yo os quiero confesar, doctor,
primero, que la enajenación que el mundo admira, 
de útil no tiene más, si bien se mira, 
que rendiros un fúnebre dinero. 

Pero también que me confieses quiero
que un olor a cadáver se respira
en la venta ¡pardiez! Y en vano aspira
a competir con ella un usurero. 

La venta del cementerio trastoca al tanto en el acto público, como en su contexto moral y ético. Los versos, incluso los políticos, son parte de un ejercicio de escritura, momentos creativos que forjaron la construcción de su obra más recordada.    
 
*Escritor e investigador