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Una mirada al mundo
Pisar sapos
Ricardo González 28-09-2016 15:53 hrs

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Liga Corta




Los años dorados de la infancia siempre serán un buen lugar para volver a sonreír, soñar y recordar, cuando nuestras únicas preocupaciones eran: jugar, explorar el mundo, ver caricaturas y convertir una rama en un arma mortal.

La casa de mi abuelita Virginia en el centro de Jalpa tiene un espacio enorme. De la puerta de reja negra –única en la cuadra en esos años- a la sala había un espacio de más de cincuenta metros, una banqueta de concreto adornada con piedras y troncones de un viejo mezquite recorre ese espacio, flanqueada a ambos lados por un largo jardín lleno de: limones, mandarinas, higos, palmas, siemprevivas, hierbabuena, limas y varios tipos de flores, de esas que se cierran al anochecer.

Recorrer esa banqueta por la noche representaba toda una hazaña, pues había un pequeño foco cerca de la reja y otro hasta la sala, la travesía era casi en penumbra. Ese tramo se convertía en un martirio si el tiempo de lluvias estaba presente, debido a que mi abuela tuvo dos tortugas que desaparecían buena parte del año y en esas fechas aparecían, además dentro de las mascotas no inventariadas había una gran cantidad de ranas que daban cuenta del pasado rural de esa parte del “centro” del pueblo, el miedo a pisarlas obligaba a que entráramos corriendo.

Por las mañanas los cadáveres de los sapos manchaban la banqueta, la abuela las barría con su escoba hecha de ramas unidas con una soga. Después de barrer sus banquetas las exterior y la interior mi abuela se disponía a hacerse un té, los sabores variaban dependiendo de la temporada, de azar, de hojas de limón, de hoja santa.

En estos días querido lector me he incorporado a la Administración Pública y he visto como muchas personas que al ser nombrados funcionarios se sienten los “políticos”, y entran a un puesto como lo hicimos de niños mis primos y yo corriendo sin ver hacia abajo para no ver a los sapos que pisábamos, así entraron muchos al servicio público viendo el objetivo final sin pararse a pensar sobre quién están pisando para poder llegar a su destino.

Pero a diferencia de mi abuela, no hay el menor remordimiento por limpiar los desastres provocados, llenarse las bolsas es el único objetivo, el servicio a la sociedad es un elemento decorativo.

Por eso me gusta volver y volver a mi infancia cuando el mundo era un lugar mejor, y el lugar que ocupabas no era envidiado, ni la nómina causaba enfurecidos comentarios. Cuando las enfermedades la abuela nos las aliviaba con un té endulzado con miel, cuando el té de limón curaba la gripe.