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Análisis
Pero qué necesidad
Elizabeth Sánchez Garay 01-09-2016 21:57 hrs

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Con la muerte de Juan Gabriel, sus canciones ahora se escuchan en todas partes: medios de comunicación, centros comerciales, tiendas de autoservicio. No hay canal de televisión que no haya realizado un resumen con distintas presentaciones del cantante, solo o acompañado de aquellos artistas con los que hizo dúos famosos, como con Rocío Dúrcal. 
Pero, además, como extraña paradoja de la vida, su canción Pero qué necesidad ha sido recordada de especial manera a raíz de ciertas acciones imprudentes, absurdas o innecesarias que sólo han traído problemas y más problemas a quienes las han realizado. 
Por ejemplo, la reunión de Enrique Peña Nieto con Donald Trump. Y es que efectivamente, ¿qué necesidad tenía el Presidente de invitar a nuestro país a un personaje que se ha dedicado a denigrar a los mexicanos y a realizar comentarios ofensivos sobre los migrantes? 
Eso sólo ha generado una riada de críticas en las redes sociales, así como de líderes de opinión, historiadores, politólogos y especialistas en temas internacionales. Es el caso de Enrique Krauze, quien señaló: “A los tiranos no se les apacigua. A los tiranos se les enfrenta”. 
Imprudentes fueron también los comentarios de Nicolás Alvarado, director de TV UNAM, publicados en su columna del periódico Milenio, donde no sólo mencionó que las canciones de Juan Gabriel no le gustaban –lo cual es respetable-, sino que se refirió de forma sumamente despectiva al cantante. 
Pero qué necesidad tenía de ofender a una persona recién fallecida, con frases como: “me irritan sus lentejuelas no por jotas sino por nacas, su histeria no por melodramática sino por elemental, su sintaxis no por poco literaria sino por iletrada”.  
Por ese artículo periodístico, ahora se están reuniendo firmas para pedir la destitución de Alvarado como funcionario de la UNAM, lo cual es ciertamente también innecesario. 
En fin, como concluye Carlos Puig su último artículo de prensa sobre la reunión del Presidente con Trump: “Ahora sí, confieso, ya no entiendo nada, nada, nada”.