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Pablo Sánchez, toda una vida debajo de la tierra 
Isabel Medellín 06-09-2016 22:05 hrs

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Imagen / Pablo Sánchez, originario de Vetagrande, pasó toda su vida al interior de las minas, hoy narra los peligros y satisfacciones de ser un minero.
Imagen / Pablo Sánchez, originario de Vetagrande, pasó toda su vida al interior de las minas, hoy narra los peligros y satisfacciones de ser un minero.
Imagen / Pablo Sánchez, originario de Vetagrande, pasó toda su vida al interior de las minas, hoy narra los peligros y satisfacciones de ser un minero.
ZACATECAS.- De todos los trabajos que se realizan al interior de una mina los más riesgosos se encuentran bajo suelo.

Aquellas labores en las que se parte la tierra misma para obtener las rocas que serán trituradas y de las que saldrá el preciado mineral, son las que generan más accidentes.

Barrenar, o perforar, es simple de explicar: hacer un agujero en la roca, rellenarlo de pólvora o algún otro material explosivo y detonarlo. Realizarlo con cuidado es toda una ciencia.

Las compañías mineras grandes instruyen a sus empleados de perforación en el uso permanente del equipo de protección: mameluco de perforación, casco, tapones de goma para los oídos, lentes, respirador contra polvo, guantes de cuero, guantes de neopreno, lámpara de batería y ropa de jebe, un material aislante de agua.

También invierten gran cantidad de recursos –tiempo y dinero– en lograr que los empleados sepan y dominen estas medidas de seguridad para que en cada turno se trabaje con el menor riesgo posible.

Tanto la perforación de la tierra como los trabajos de voladura son los más riesgosos para quien trabaja bajo tierra. Así lo confirma don Pablo Sánchez, minero originario de Vetagrande quien empezó a trabajar en la mina a los 16 años, por el año de 1965.

La experiencia bajo tierra de don Pablo es tan vasta, que le ha dado un conocimiento que muchos jóvenes ingenieros podrían envidiarle.

Dice que los accidentes en las minas la mayoría de las veces “no nacen: se hacen” pues son los mismos seres humanos quienes los provocan.

En ocasiones, por querer acabar pronto o por querer tomar ventaja en la perforación, explica que los empleados trabajan descuidadamente; si a eso se suma que el personal no tiene conocimiento sobre cómo hacer las voladuras, por ejemplo, con toda certeza habrá un accidente. 

Él vio accidentes de trabajo en los que los heridos argumentaron que “se chorreó la cañuela”, lo que significa que ese tramo de cañuela venía muy flojo y la lumbre pasó rápido sin que continuara hacia su barreno y lo hiciera explotar.

Pero la verdad, resalta, es que “hacen demasiada confianza al arrimarle (fuego) a las cañuelas y ya cuando acuerda uno...”. Así, las detonaciones sorprenden a los mineros.


Por supuesto que don Pablo se enfrentó con los riesgos que implica el trabajar en las entrañas de la tierra.

En alguna de las tantas minas en las que prestó sus servicios, trabajan también su papá y dos tíos. Como si se tratara de un presagio, ya habían decidido dejar esa mina: en la mañana, antes de que se fuera a trabajar, su papá le dijo:

“Si ves que ya está muy feo, nada más hoy trabajamos ahí. Ya vamos a cambiar de lugar”. Entraron, empezaron a quitar el tepetate para que la carga fuera limpia y de repente uno de sus tíos le gritó: “¡Aguas!” y alcanzó a ver cómo de las paredes de la mina se desprendía una piedra de casi media tonelada.

Don Pablo alcanzó a moverse para evitar que la piedra le cayera completamente encima, pero no salió librado del todo: los bordes de la enorme roca le rosaron la espalda abriéndole la piel al instante.


La herida necesitó de casi 35 puntos para cerrar; además, la cadera le quedó astillada. “No volvimos a ese lugar”, concluye. 

A él los beneficios de estar asegurado le llegaron cerca de 1974, pues antes de eso los patrones mineros les daban vales médicos a sus trabajadores, los cuales les aseguraban la atención por parte de médicos particulares. 

Un par de años después, cuando trabajaba para la Compañía Fresnillo en su natal de Vetagrande, una piedra volvió a caerle encima. Esa vez no puedo quitarse de la trayectoria y el golpe le quebró dos vértebras. El doctor le dijo que era más riesgoso operarlo que permitirle continuar con su vida laboral. Lo pensionaron con el 20% de su sueldo.

Sus últimos años como minero activo los trabajó en la mina de un particular en el mismo pueblo. Mientras trabajó ahí, no vio personal de seguridad. Lo que sí veía era cómo el patrón llevaba cervezas o botellas de licor a la mina para convencer a los trabajadores de que se quedaran horas extras, las cuales no les pagaba porque con invitarles “una botella o dos los hacía que trabajaran”.

Era común que los empleados realizaran sus actividades en estado de ebriedad y tuvo que pasar mucho tiempo para que alguien amenazara con denunciar la irregular situación.

Vio tantos accidentes al interior de las minas y él mismo lleva a cuestas las dificultades por su mermada salud luego de casi medio siglo de ser minero, que no se sorprende al saber que hace poco más de una semana un minero de Salaverna perdió una pierna y un brazo al ser aplastado por una roca similar a la que pudo haberle ocasionado lo mismo a él. 

La humedad de la mina repercutió tanto en sus huesos, que hace un par de años le tuvo que ser colocada una prótesis en su rodilla derecha; desgraciadamente su cuerpo la rechazó. Luego de tres operaciones, pasa los días sentado en su casa sin poder doblar la extremidad.

Al preguntarle si hubiera preferido tener por oficio otra actividad menos riesgosa, reitera que no: que siempre elegiría trabajar al interior de la tierra.