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Análisis
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Juan Carlos Ramos León 05-12-2016 01:15 hrs

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Inicia el mes de diciembre y, con él, una hermosa temporada. Como cada año, me siento obligado a realizar una reflexión de cara al significado de estas fechas: La Navidad.
Escuchaba a un sacerdote católico comentar que, para ser salvados por Dios, debemos de volvernos necesitados de esa salvación. Es decir, dejarnos de soberbias, de orgullos y reconocer que necesitamos a Dios. Esto parte, por supuesto, de la premisa de que Dios creó al hombre y no al revés, como todavía muchos necios se empeñan en aseverar. De Dios venimos y a Dios vamos, de eso no cabe ninguna duda, y, por tanto, sólo en Dios encontraremos la paz y la plenitud que tanto anhelamos. Lo dijo un grande, un sabio, un Doctor de la Iglesia: “Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti” (San Agustín de Hipona).
Nadie puede negar que este temporal peregrinar por el mundo es un viaje lleno de altibajos, de alegrías pero también de tristezas; no existe una sola persona que, aunque sea en el fondo, no tenga algún pesar, alguna tristeza o hasta un problema de salud. Sólo Dios da consuelo. En la oración, en las obras de misericordia, es ahí donde se consigue la única felicidad que no es efímera. Los momentos de alegría, muchos o pocos, rápido llegan y rápido se van. Sólo lo que se hace por los demás es lo que trasciende, lo que se queda, lo que enriquece al alma y otorga satisfacciones duraderas, y sucede así porque esa ayuda al prójimo es lo único que no se hace por uno mismo, a veces ni por el prójimo como tal a quien en ocasiones ni siquiera se conoce, sino que se hace por Dios mismo, para encontrarse con Él, anclarse a Él y no separarse de Él.
Sólo Dios tiene el bálsamo para las heridas que la vida nos causa; sólo en Dios la vida tiene sentido, tiene significado. Él lo dijo así: “no son los sanos los que necesitan al médico, sino los enfermos”, así que para ser curados por Él hay que reconocernos necesitados de su medicina.