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El Recreo
Impunidad de las élites 
J. Luis Medina Lizalde 23-10-2016 20:55 hrs

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La fácilmente anticipable  huida del exgobernador de Sonora, el panista Guillermo Padrés y del gobernador de Veracruz  sugieren que el Sistema Nacional Anticorrupción no podrá por sí mismo  destruir las redes de protección que impide el castigo legal a los servidores públicos.     
El costo político electoral que el PRI teme en el 2018 no ha sido suficiente motivación para quitarle a la impunidad de las élites el carácter sistémico y llevar a México a los niveles de legalidad que desde hace mucho tiempo gozan muchos países de diversos continentes  algunos después de vivir dictaduras atroces.  
 La biografía de Javier Duarte demuestra lo frágil de la creencia de que ser joven es garantía de ser mejor. Asumió el gobierno de Veracruz a los 36 años y gobernó a sus paisanos  recurriendo a todos los vicios de la clase política más detestable.
 Trabajador desde temprana edad en la panadería familiar y en la orfandad por la muerte de sus padres en el Hotel Regis durante el sismo del 19 de Septiembre de 1985, el destino lo puso bajo la tutela política de Fidel Herrera para escalar puestos vertiginosamente hasta sucederlo en el cargo de gobernador en 2010. 
No es difícil imaginar que su desgracia empezó a labrarse con la llegada a los Pinos de Peña Nieto, sabida es su cercanía y  la sostenida hipótesis de que  fue generoso alimentador financiero de la campaña presidencial nace de la detención momentánea de su tesorero en el aeropuerto de Toluca con muchos millones en efectivo saliendo del paso, con la pueril explicación de que era dinero de artistas contratados por autoridades veracruzanas que querían su pago en efectivo.
 Seguramente la facilidad con la que salió del embrollo  hizo suponer que con su amigo Peña Nieto en la presidencia y tomando en cuenta sus “meritos” en campaña, tenía licencia ilimitada para abusar del poder en su provecho personal. 
Otro prófugo de la justicia  que también accedió joven a gobernar y que supuso lo mismo es Guillermo Padrés  Elías, descendiente de Plutarco Elías Calles.
 Elegante en el vestir y de una vocación por la ruindad asombrosa  considerando que junto con su esposa hizo encarcelar por varios años a su empleada doméstica misma que fue sometida a crueles torturas sólidamente documentada  por la Comisión Nacional de Derechos Humanos  y  declarada inocente después de su prolongado infierno.
Es probable que a Padrés  lo perdiera su cercanía con el poder presidencial que lo catapultó: el de Felipe Calderón Hinojosa. Su  extravío  (de Padrés) llegó al extremo de hacer contra todo derecho una presa para uso privado que dinamitó cuando vio venir las sanciones.  

Toda regla tiene salados
Los dos prófugos ejercieron el gobierno impregnados de la sensación de impunidad, de que el cargo que ocupaban los vacunaba contra toda acción legal ¿enloquecieron? De ninguna manera, su percepción es correcta, están en desgracia, sí pero son la excepción, no la regla, viven en el país dónde la corrupción es “sistémica” dicen los académicos.  
¿Por qué los tan mal gobernados no reaccionan a tiempo? Porque todo lo saben a destiempo gracias a la falta de regulación del dinero público destinado a medios de comunicación preservando la libertad de prensa, por eso es interminable el cíclico espectáculo dónde los mismos periodistas que  arroparon al monstruo lo destrozan al gobierno siguiente y así hasta el infinito.  

Que no hablen ahora o callan para siempre
¿Por qué el poder no reacciona sabiendo que la corrupción lo deteriora inexorablemente?   Porque un gobernante corrupto es más peligroso en la cárcel que en libertad, debido a que su cargo le facilita enterarse de la corrupción de otros y no sea que “suelte la sopa”. 
Cuántos cabildeos clandestinos hay para que se fugue un prófugo de la marca gobernante, pacte impunidad para los suyos, arregle que le confisquen y que le dejen de lo robado, se comprometa a no incriminar y satisfechas algunas cláusulas se entrega voluntariamente  o lo “detienen”  arregladas sus condiciones de presidiario y advertido de que si no cumple el pacto de silencio  en vez de cárcel tendrá tumba.   
Pareciera que todo está perdido pero no es así, las  redes de protección política de la que gozan los miembros de la élite del poder cuando delinquen son temporales, tal circunstancia aconseja la imprescriptibilidad de los delitos graves de los altos funcionarios públicos y así la cosa cambia.
 Si Duarte,  Padrés  y similares esparcidos en todo el territorio nacional quedan expuestos a que se les finquen responsabilidades por  delitos graves  en cualquier momento de su vida en que éstos sean susceptibles de probarse  perderían la sensación de impunidad que los llevó a delinquir.       
Nos encontramos el jueves en El Recreo.