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Cartas desde el exilio
Gastronomía televisiva
Miguel G. Ochoa Santos 12-06-2016 21:51 hrs

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Liga Corta




La ola gastronómica avanza de manera contundente. Incluso podemos ahora asomarnos a los medios masivos para constatar que su popularidad es creciente. Algo tan elemental y básico, como elaborar alimentos para el consumo diario, va adquiriendo un prestigio antes insospechado.

A simple vista, la masificación de la cocina es un suceso positivo y estimulante, sin embargo, en manos de los productores del espectáculo y el negocio, este hálito fresco comienza a torcer su impulso libertario hasta configurar un muermo lleno de lugares comunes, lances agresivos y perfidia sin igual. Sobre todo, cuando la gastronomía deja de ser obra de la imaginación y es forzada a revolcarse en la ciénaga de la competencia tribal.

Los programas de concursos, que ponen a los competidores a darse guantazos entre sí para conquistar un premio monetario y una medallita que no llega a ser Michelin, recurren a fórmulas toscas y poco elegantes, cuya semejanza con la educación fascista es vergonzosa. Pegarle de gritos a los asustados cocineros y reñirlos sin piedad nada tiene que ver con el ingenio del arte culinario.

Regresar a las concepciones utilitarias de la gastronomía es un verdadero despropósito, toda vez que ésta ha luchado cotidianamente por fraguar un territorio estético y sensual que vaya más allá de las necesidades primarias de matar el apetito a punta de agrestes atracones. Lo cual se agradece en una sociedad, como la nuestra, donde, por múltiples razones, los ciudadanos tienden a devorar, cada vez más, una dieta pletórica de grasas y generosas cantidades de vitamina T.

En el arte de la cocina, el protagonista no es el cocinero victorioso ni el máster chef gruñón, por el contrario, es la corporeidad ingeniosa aquella que preside el acto de creación gastronómica. Al respecto, Netflix ha producido una serie espléndida que se desarrolla en torno a esta lúcida perspectiva, me refiero a Chef’s Table. Vale la pena disfrutarla.