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Fusílenlo
Redacción 27-12-2014 23:32 hrs

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César Navarrete / Choferes de la Revolución y su paso por Zacatecas en 1914.
César Navarrete / Choferes de la Revolución y su paso por Zacatecas en 1914.
“Efectivamente, a mis compañeros y a mí nos había salido sello la entrevista, como suele decirse, con el general Villa, lo habíamos celebrado a efecto de hacer de conocimiento lo que su compadre el general Tomás Urbina tramaba para substraer un chofer de los de la División del Norte, a efecto de que manejara su particular automóvil, un magnífico carro ‘avanzado’ a linajuda familia de Aguascalientes.

“Ya que a pesar de no haber aceptado los mil pesos en oro ofrecidos por este, de todas maneras y por haberlo dispuesto así el jefe Villa, uno de nosotros, que resulté ser yo, pasó a pertenecer a las fuerzas del general Urbina sin que siquiera se tomara mi consentimiento y tal cual si se tratara de una transacción mercantil, ya que pasaba yo las pertenecías particulares del temible jefe villista, a cambio de la yegua colorada que tanto le había gustado al Centauro del Norte y que fuera propiedad de su estimado compadre.

“Mis compañeros y yo ni siquiera comentamos el caso, para qué, ya que se adivinaba la mala suerte que nos perseguía desde hacía algún tiempo a todos los choferes de la División del Norte.   

“Al día siguiente por la mañana me presenté a una lujosa residencia en el centro de la ciudad que servía de habitación al feroz y sanguinario general Urbina. 

“De inmediato me pusieron frente a un magnífico automóvil Chalmers, que descansaba en el elegante patio de la residencia provisional del revolucionario.

“Este auto, flamante aún, era de los más lujosos de esa época, trayendo como innovación maderista que el pedal del freno era también clutch, resultado que este automóvil era controlado por un solo pedal.     

“Allá en el garge de la división había quedado abandonado mi inseparable Prothos, aquel que me hiciera sentir tantas y tantas emociones desde el día en que en la Ciudad de México lo acoplara a mí el inolvidable general Benjamín Argumedo.

“Tal vez no volvería yo a ver a mi querido Prothos, ya que seguramente tarde que temprano quedaría abandonado en la mitad de cualquier camino, seguramente porque iba a ser manejado por inexpertos e indiferentes choferes que no podían, ya que para ellos no significaba el recuerdo de episodios de su vida turbulenta.

“Esto me ponía triste, melancólico, porque aunque nosotros no lo deseáramos, casi sin quererlo, los choferes profesionales a fuerza de ver, de sentir y manejar un automóvil acabamos por cobrarle cariño y estimación, ya que para nosotros representa el todo en el mundo de la subsistencia; representa la aventura agradable que se corrió o el momento desagradable que no queremos recordar.          

“En la época de 1911 a 1917 el chofer y el automóvil formaban el todo; es decir, ningún rico, porque era privilegio de ricos poseer un automóvil, compraba uno de estos sin antes estar absolutamente seguro de tener quién lo manejara; es decir, sin tener el mecánico, como eran llamados entonces los humildísimos chafiretes.

“Entonces no era el ‘huevo Juanelo’ manejar una bañadera de esas, que necesita tener ciertos conocimientos de mecánica, física y atletismo, debido a que tendrían que vérselas a menudo con las pilas secas almacenadoras de electricidad, con los carburadores hidráulicos, con la ignición directa por medio de magnetos productores de corriente alterna, con las luces de las farolas de alumbrado alimentadas por carburo y con petróleo, según su tipo.

“Con los clutchs de cuero dentro de un cono apropiado al volante del motor, que muy frecuentemente se patinaba si antes no se ponía brea; con el aceite lubricante del motor que era un problema, ya que era de ricino el que de mejor calidad se conocía; con las cadenas de propulsión ajustadas a las ruedas traseras, con su sistema de frenos por extrangulación y por último, con sus neumáticos, ahora llantas y cámaras, con las que se debía entablar una verdadera lucha grecoromana para montarla y desmontarla.

“En resumen, entonces no cualquier fifi, curro, roto o catrín podía manejar un almatroste de esos tal como lo hacen ahora, que cualquiera es chofer con el hecho de subirse a un automóvil aerodinámico ultramoderno, al que se le pone el switch, una llave pequeñita por cierto, se le pisa la marcha a volar, sin la fatiga de conectar los ruptores, darle vuelta a la manivela, etcétera, etcétera.

“Por otra parte, en esos lejanos días no había estaciones de servicio como ahora, ya que en los actuales momentos hay tantas que basta levantar una piedra en cualquier calle para que debajo surja una estación de servicio ‘para servir a usted’.

“Entonces, no había más de dos y no llegaban a cuatro las agencias de ventas de automóviles que tenían que saber: bencina, querocina, lubricantes, neumáticos, pilas secas, carburo, llaves de tuercas y uno que otro gringo con cara de suficiencia y una túnica que le daba hasta los pies, gerenteando el servicio tocado, con una cachucha a cuadros.  

“Entonces el lujo consistía en tener el mejor chofer y también el mejor automóvil y la bondad de este último se demostraba según el ruido que producía (antes no había silenciadores), el cual a veces era impetuoso, estridente, agudo, etcétera, etcétera, pero exigido el que mejor marcaba las explosiones de cada pistón, principalmente aquellos de cuatro cilindros, como los famosos Packard, que remarcaban sus explosiones tan lentamente que podía uno repetir con ellos el sonido arrastrando la lengua de esta forma: ‘Tu-pe-ta-ca. Tu-pe-ta-ca’.

“A eso se le llamaba y se le llama ahora por los inocentes choferes que acaban de nacer ‘petaquear’. Sin embargo, los auto Renault, francés, de dos cilindros, no petaqueaban, pero remarcaban con elegancia las explosiones precisas de sus dos cilindros.

“Y sin querer me he apartado de mi relato para disertar, o mejor dicho, para recordar de cosas de aquellos tiempos, como dicen nuestros abuelos, pero que siempre es grato traer a la memoria de los viejos volanteros de entonces, tal y cual era la vida del automovilista de aquellos días.

“A mí me dolió tanto tener que separarme de mi Prothos como no creí que fuera a ocurrir. Sentí la misma pena que hubiera tenido que abandonar inopinadamente a  uno de mis familiares más estimado, sin embargo, no tuve más remedio que contemplar con los órdenes recibidas a efecto de conservar por más tiempo la vida.  

“En aquel palacio, residencia que fuera del acaudalado hijo de Aguascalientes, ahora residencia provisional de Urbina, salían y entraban hombres armados subiendo y bajando las anchas ecaleras, llenando los amplios corredores del segundo piso, menos que según supe, era el que daba a las habitaciones privadas del jefe Villista.  

“Pero antes del mediodía, uniformado vino hasta mí un joven alto, limpio, de buena presencia, uniformado y con las insignias de mayor en el sombrero texano, diciéndome:’ ¿Usted es la persona que viene a hacerse cargo del auto del general?’

“‘Sí señor’, contesté. ‘Muy ben, sírvase pasar a las habitaciones del General, para que reciba órdenes’.
“Subí con este señor hasta las habitaciones del propio compadre de Villa, el que encontraba aún acostado en amplia y anchurosa cama, en medio de una obscuridad casi profunda, que era a consecuencia de tener las ventanas de la habitación herméticamente cerradas.

“El mayor aquel, que más tarde supe que era el secretario particular y telegrafista personal del señor general Tomás Urbina, dijo acercándose a la cama: ‘Mi general, aquí está el señor que viene a manejar su automóvil’…

“El aludido, medio dormido aún, contestó con un gruñido al informe del mayor, pero este insistió, diciendo, ‘Mi general, aquí está el señor que manda mi general Villa para que le maneje su automóvil’…  
“Entonces Urbina, medio incorporándose en el lecho, sin apenas abrir los ojos abotagados, con viveza, dijo:

“‘¿Qué? ¿Qué lo manda mi compadre Pancho? ¡Ah! Pues que lo fusilen’...

“A mí se me fue la sangre hasta los talones, pero el mayor, sonriéndose me decía al mismo tiempo que me empujaba a la puerta: ‘Todavía está un poquito malo mi general de la parranda de anoche, pero más tarde le decimos’”…

Extracto de Choferes de la Revolución.
Autor: Luis Jiménez Delgado.
Biblioteca de la Crónica del Estado
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