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Cartas desde el exilio
Doctor, usted ¿cree?
Antonio Sánchez González 06-05-2016 00:28 hrs

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Liga Corta




Mi paciente estaba sudoroso e intranquilo. No tenía dolor, pero sí sed, y tomó un agradecido sorbo de agua del vaso que le sostenía. Una semana antes habíamos hablado de sus expectativas de sobrevivir, tras el fracaso de múltiples intentos de terapia.

Durante esa conversación, buscó en repetidas ocasiones dónde enganchar su esperanza preguntando por algunas otras alternativas de tratamiento. En todas esas ocasiones, varias veces, tuve que negarle que hubiera alguna posibilidad. Le dije que haría todo lo posible para ayudar a que se sintiera mejor, pero que no había ninguna droga que nos quedara como opción. No olvidaba que mi paciente siempre había valorado la honestidad.

Se expresó con felicidad acerca de que sus hijos se casaron y lamentó que no conocería a sus nietos. Habló de la lucha en que su vida se había convertido en los últimos tiempos y de sus ilusiones de un final pacífico. Luego, con el mismo aliento, preguntó: “Doctor, ¿usted cree en Dios?”

La pregunta me partió. ¿Cuál Dios? Sentí que debí preguntar, ¿el suyo, el mío o alguna entidad benévola universal? ¿Hay algún Dios benefactor y otro responsable de ver por los que sufren en el mundo? ¿Su pregunta fue simple curiosidad o de veras quería saber quién era yo como persona y como su médico? ¿Mi paciente quiere que yo ore por él para que pueda ir al cielo o es que quiere que oren por mí para que yo pueda ser mejor médico?

Pensé en la literatura que narra como muchos pacientes encuentran consuelo en la religión y los informes contradictorios que describen como algunos devotos religiosos pasan temporadas difíciles porque, moribundos, se aferran a la noción de un posible milagro realizado por un ser superior. Pensé en decirle cortésmente que la religión era irrelevante en un hospital público. Podía intentar bromear con el tema de que los médicos pasamos temporadas bastante difíciles al aprender cómo manejar la sepsis, como para navegar al mismo tiempo en una conversación acerca de la existencia de Dios.

“Entonces, doctor, ¿usted cree en Dios?”, repitió.

Estudié su expresión con signos de enfermedad grave. Las gotas de sudor en la frente cenicienta. En la mesilla descansaban una Biblia, un rosario y un frasquito con agua. En la pared habían pegadas una serie de estampitas religiosas. Con las cuentas en la mano hizo una observación: “Tengo que creer que voy a un lugar mejor”.

Todas las respuestas circunspectas que había estado pensando de pronto se desvanecieron. Le contesté: “Sí, yo creo en Dios”. Lo dije sin vacilar. Él se hundió en la almohada, ajeno a mi incredulidad: esa afirmación es todo lo que necesitaba.

“Gracias, doctor.” Esas fueron sus últimas palabras para mí -murió esa noche.

Más tarde. La misma semana, una paciente mía se rebeló contra su Dios. “La religión es una porquería”, declaró, consternada al darse cuenta de que tras toda una vida de devota observancia había llegado a la puerta de la muerte. “¿No te parece?”, preguntó ella. Las lágrimas corrían por su rostro.

“Puedo ver su decepción” le dije, tratando de no seguir sus pasos. “Afortunadamente, no eres uno de esos tipos religiosos”, sonrió débilmente.