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Cosas de Jerez
Cuando mandaban los cantineros no había tanta borrachera
Javier Torres Valdez 29-02-2016 20:06 hrs

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Eran los tiempos del presidente municipal de Jerez, Ignacio Herrera Mendoza, cuando hasta su despacho llegó un individuo, vecino de la ciudad de Zacatecas, con la intención de abrir una cantina “de primera”, pues a su consideración, solo existían tugurios y, en consecuencia, la gente decente no tenía un lugar apropiado para tomar la copa.

El licenciado Herrera, oriundo del municipio de Luis Moya, respondió:  “Está usted en su derecho, pero sucede que los permisos para la instalación de una nueva cantina los otorga el gobierno del estado.

El solicitante mencionó que en la ciudad de Zacatecas le habían dicho que llevara la anuencia de las autoridades de Jerez, para otorgarle el permiso.

Pero el licenciado Herrera, conociendo la fuerza que tenía por aquellas fechas la Unión de Cantineros, no aceptó la solicitud que le hacían.

Eran Miembros de la citada Unión de Cantineros: José P. Acuña Novoa, Felipe Ceballos, Enrique Colmenero, Bonifacio Colmenero, el dueño de El Tigre Negro, cuyo nombre no acude a mi memoria, pues todo mundo lo conocía como El Chayote, y Cuco Caldera.

Eran pocos, pero distinguidos y aguerridos; no era fácil que llegara cualquier desconocido a instalarse y hacerles la competencia, independientemente de que los permisos eran caros, la ley de alcoholes era muy estricta.

En los Sábados de Gloria no existían los permisos para vender cerveza en la calle, pues los únicos que podían hacerlo eran “Los Tapancos”, que se instalaban en torno al jardín Principal, por las empresas Modelo, Moctezuma, Cuauhtémoc y Cruz Blanca.

Cierta ocasión, una persona de Villanueva solicitó, y obtuvo, permiso para vender cerveza en la parte baja del quiosco del jardín, pero en el interior había un desnivel de más de 60 centímetros. Aquel solicitante ofreció poner una tarima de madera para igualar la altura del piso exterior y tapar la noria que estaba en el interior.

Llegó la feria, se abrió el jardín, pasó el Sábado de Gloria: el jardín no quedó destruido como en los últimos años, pero el domingo corrió la voz de que había mujeres disponibles en el quiosco. Se llenó de rancheros que iban para convencerse de  que aquello era cierto.

Llegó un tamborazo y no faltó un decidido que quisiera bailar   alguna canción sobre el entarimado, el que en cierto momento y, debido a la nutrida concurrencia en el cerrado y escaso espacio, cedió por el peso, cayendo los asistentes del jolgorio al suelo. Tres de ellos cayeron a la noria. 

Los que cayeron a la noria tuvieron la fortuna de quedar atorados entre las tablas y el armazón de madera, que recién se había instalado.

Una de las damiselas, de ésas que se ganan la vida con el sudor de su espalda, gritaba: “Sálvame virgencita, y te juro que abandonaré esta vida”.

El que rentó el quiosco para vender bebidas, probablemente no haya abandonado la vida que llevaba, pero
sí dejó el pueblo, para impedir que los que salieron golpeados  le hicieran algún reclamo.

Las tablas y maderos quebrados, al no ser útiles, fueron arrojados a la noria, donde también arrojaron el escombro de algunos trabajos que hicieron en los arriates del jardín.

Los miembros de la unión de cantineros festejaron el suceso, diciendo: “Se los dijimos, que no a cualquiera había que dar permiso”.

La feria se sacó del centro de la ciudad, pues el espacio que había no era suficiente para la instalación de puestos y juegos mecánicos.

El área en torno al jardín, con el paso del tiempo, solo ha servido para el disfrute de los adoradores de Baco, para que celebren fiestas religiosas y profanas, o cualquier otra cosa que se les antoje.

Sería bueno que, al menos en las calles de acceso al jardín, se impidiera que los visitantes llegaran con hieleras, ya que así solo quedan en Jerez orines, vómitos, y ninguna derrama económica.