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100 años
Corrida de toros
Redacción 22-11-2014 22:29 hrs

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Liga Corta




Cortesía /
Con temor a sufrir la misma suerte que su amigo El Ratón, la incertidumbre se apoderó de los latidos del taxista cuando el general Francisco Villa llegó al garage con un anciano para que identificara el auto en el que habían raptado a su hija.

“Desde las primeras palabras del Guerrillero pude darme cuenta de que tenía particular interés en que don Esteban no se enterara de que uno de sus autos había sido prestado para cometer el rapto de la única hija del anciano, siendo éste el origen de la terrible mirada al coronel Aguinaga y de mi negación por hablar claro.

“Mis compañeros, por su parte, se quedaron helados cuando con el aplomo más natural del mundo le negué al Centauro del Norte que yo no había ido a otra parte que no fuera por el parque del general Fabela, porque conociendo ellos más que de sobra el carácter del general Villa, mentirle así tan descaradamente era tanto como firmar la sentencia de muerte.

“De manera que después que la comitiva desapareció por la puerta de salida, mis camaradas me rodearon visiblemente disgustados por mi acción, diciéndome entre otras cosas:

“‘¡Qué bruto! ¡Qué bárbaro! ¡Qué animal!’

“Y tardé mucho en convencerlos de que por el momento no había peligro alguno, de que si había obrado así era porque yo había entendido que el general Villa quería que yo negara, y por eso negué.

“El resto del día lo pasamos con la monotonía de costumbre, pero el día siguiente, domingo por cierto, muy temprano el coronel Aguinaga nos ordenó asear los automóviles mejor que de costumbre, que bajáramos los capotes y que estuviéramos listos, ya que de un momento a otro iba a llegar la orden del cuartel general para salir.  

“A las 2 de la tarde vinieron por nosotros de la Jefatura de Operaciones y juntos, uno tras del otro, salimos del garage rumbo a la estación.

“De ahí, nos mandaron a cada uno por su lado en distintas direcciones, deteniéndose en casas particulares de las cuales salieron vestidas de manolas, guapas señoritas que concurrían según supimos, de madrinas en la corrida de toros que la ciudad de Aguascalientes ofrecía al general Villa.   

“Casi simultáneamente llegamos con los coches a la plaza de toros, iban a ser las 4 de la tarde.

“Las reinas ocuparon el tablado o tribuna improvisada que se les destinó y momentos después ocupaba un sitio entre ellas el Guerrillero y su comitiva.

“Acto contínuo sonó la corneta apareciendo la cuadrilla en el redondel.

“Entre los toreros no figuraba nadie de prestigio en el arte de la tauromaquia, formando el conjunto toreros maletas con velos de lidiadores del cartel. Pero en cambio, los toros, a juzgar por el primero, eran verdaderos ejemplares de bravura y aspecto: grandes, fuertes, nerviosos y y sobre todo, puntalísismos.

“El primero de la tarde le tocó a un muchacho flaquirucho, moreno, sin arrestos de torero, que desde luego no pudo disimular su tremendo miedo.

“Le tocó como mejor pudo, a una legua de distancia y acabó por matarlo a las mil estocadas atravesadas y casi por equivocación. 

“El segundo fue toreado en peores condiciones que el anterior por un muchacho de parecido aspecto al primero, diferenciándose solamente en el color, ya que este era blanco, acentuándose el matiz de su piel por la palidez que lo embargaba.

“En medio de la rechifla más espantosa y de insultos a cual más de crueles de tan soeces que eran, proporcionados por la plebe, acabó por asesinarlo igual que su camarada.

“Vino el tercero. Este era un toro primoroso, grande hasta la exageración y bravo como los otros, pero con la ventaja de que su encornadura alta tenía las puntas hacia arriba.

“Las piernas del torerito a quien tocaba despachárselo, que no era otro sino el primero, se negaban a sostenerlo y sus dientes castañeaban estrepitosamente. Se llegó hasta las banderillas.

“Dios sabe cómo, porque toda la cuadrilla adolecía del mismo mal que los matadores y de pronto salta al ruedo un hombre vestido de charro, se llega hasta el pie de la tribuna de las reinas en cuya compañía estaba Villa y su comitiva, gritando:

“‘Mi general, ¿me permite usted que yo mate a este toro?’

“El general se sonrió y dijo: ‘Ándale Librado, a ver si puedes’.

“Librado era un capitán de su gente, que medio borracho a medios chiles, como suele decirse, se dio valor para bajarse al ruedo, impedido por su afición y su entusiasmo.

“Le dieron la muleta y el estoque, logrando dar algunos pases al astado llenos de valentía, pero sin arte, sin estética.

“Por fin, en uno de los más ceñidos, en medio del entusiasmo de la plebe, el toro lo enganchó de la ropa haciéndolo dar una voltereta en el aire para caer a los pies de la bestia, dándole pisotones y empellones al grado de que cuando quiso ponerse en pie, lo hizo trabajosamente, mientras el público reía a mandíbula batiente, inclusive el general y las reinas.

“Esto encorajinó en una acercada que se le dio el toro, el capitán, sacando su flamante pistola dijo: ‘Lo que es de mí, no se burla’.

“Y le dio tan certero balazo en la cabeza que la pobre bestia rodó herida por un rayo”.

Continuará...  

Extracto de Choferes de la Revolución.
Autor: Luis Jiménez Delgado.
Biblioteca de la Crónica del Estado
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